Amelia Valcárcel: Sexo y filosofía

“El feminismo es guardián de la democracia”. Fue una de las reflexiones que ayer nos regaló Amelia Valcárcel en la presentación de la reedición de su libro “Sexo y filosofía. Sobre mujer y poder”.
Fue todo extraordinario. La reedición de un libro 23 años después de haberse publicado por primera vez con la cualidad de no haber perdido ni su valor ni su vigor. El lugar: la sala Clara Campoamor del Senado. El aforo: completo. Una sala repleta de feministas, con una excepcional representación del pensamiento feminista, de la filosofía feminista, de la política feminista y de la militancia. El discurso de la autora: excepcional. Una de las tardes más brillantes de Amelia Valcárcel -y ya es difícil elegir- en la que hizo un cariñoso y emotivo reconocimiento a la querida Celia Amorós. En resumen: un regalo que cobra mayor valor precisamente en un momento como el actual donde se está retrocediendo en todo lo conseguido. Pero como dijo Amelia: el feminismo no tiene marcha atrás, no tiene retrocesos, son los logros los que sufren vaivenes según quienes estén en el poder.
Ayer le quise dar las gracias públicamente por todo lo que nos había aportado. Hoy quiero insistir en esa idea porque Sexo y filosofía, a mí y a muchas, muchas feministas de mi generación, nos marcó y supuso la puerta de entrada a la teoría feminista. Supuso para nosotras entrar en un mundo nuevo, un mundo distinto, un mundo desconocido. Cuando se publicó, yo estaba recién licenciada, como la mayoría de mis amigas, pero ese paso de cinco intensos años por la Universidad no nos había acercado en absoluto a ninguno de los planteamientos que Amelia nos ofrecía. Con Sexo y filosofía le pudimos poner nombre a las cosas y no un nombre cualquiera, titubeante, impreciso, no. Pudimos nombrar con seguridad para ir enfocando los problemas que percibíamos casi de forma intuitiva. Pudimos querer a Simone de Beauvoir y despreciar las maldades que de ella se decían y con las que incluso nos atacaban los compañeros.
Y con ella, con ese capítulo “Filosofía y feminismo” comenzó también un aprendizaje muy sano y muy importante sobre las inevitables contradicciones, dilemas y dificultades de la vida de las feministas.
También es cierto que nos dejó un sabor un tanto amargo porque nos anunciaba una mala vida, la verdad. Ya no era posible hacerse las suecas y decir que no sabíamos que nos íbamos a encontrar tantos obstáculos como fueron apareciendo en el camino. Porque si bien el comienzo de los 90, cuando comenzamos a trabajar y a entrar definitivamente en el mundo adulto no era el comienzo de los 70, en España, la cosa aún no era fácil, desde luego.
Pero también es cierto que nos proporcionó aliento. Nos proporcionó energía. Individualmente porque nos “empoderó”, si podemos utilizar este término en este contexto. Nos reconocimos herederas de una genealogía poderosa y coetáneas de mujeres como Amelia que con esa capacidad intelectual nos estaba diciendo que eso de ser mujer no era algo de lo que avergonzarse, algo que disimular, especialmente en el ámbito profesional donde comenzábamos a pelear, eso de ser mujer era algo que sobre todo, teníamos que reflexionar.
Y nos proporcionó mucha energía como grupo al colocar al feminismo en un ámbito serio, respetado, académico, repleto de referencias, desbordante de respuestas y con capacidad para transformar ese mundo que no acababa de convencernos.
Sexo y filosofía nos enfrentó al concepto de poder, algo completamente alejado de nuestras vidas y sobre lo que seguramente no hubiésemos reflexionado hasta muchos años después. El análisis que Amelia hace sobre el poder fue clave en nuestros posicionamientos políticos y militantes y personalmente, para mí también fue determinante como periodista, aprender a pensar antes de escribir un reportaje qué relación había entre la “verdad” que buscaba y el “poder” de quienes tenían la capacidad de construir un relato, incluso de fabricar las pruebas que lo avalaran y quienes no habían podido nombrar, relatar. Pensar si me enfrentaba al relato único y si así era quién y por qué lo había construido.
Ayer, Amelia hizo gala de esa forma tan personal que tiene de hacerse entender, de transmitir aún cuestiones muy complejas de manera sencilla y sobre todo, de algo que siempre he admirado: que lo haga con tanta ironía y sentido del humor porque además de todo lo que Sexo y filosofía entraña, es un libro divertido en muchas de sus páginas. Cargado de retranca, de esa mirada tan certera y tan demoledora en ocasiones, que Amelia tiene.
Pero lo mejor de todo es que ahora, al volver a leerlo, no a consultarlo, sino al volver a leerlo entero, con los nuevos textos que aporta la reedición, lo he vuelto a disfrutar como la primera vez. Es increíble que mantenga el vigor de hace 23 años. Por lo que estoy segura de que seguirá siendo tan deslumbrante y tan importante para las veinteañeras de hoy como lo fue para nosotras.
Era de justicia recordarle a Amelia, no vaya a ser que se le hubiera olvidado,
su peso en el movimiento feminista y su condición de referente en las generaciones que le siguen. Era de justicia destacar la importancia de las herramientas que nos ha proporcionado.