Asuntos de familia bien

Artículo publicado en La Marea el miercoles 25 de junio de 2014

No hace mucho tiempo, en este país era una expresión habitual: “Son de familia bien”. Era la típica expresión que remitía a un universo simbólico de poder real e incluso de superioridad moral. Por la familia se manifestó la Conferencia episcopal en pleno por las calles de Madrid, asegurando que ésta estaba amenazada con la ley de matrimonio homosexual, por ejemplo. La familia se ha impuesto a la democracia asegurando la sucesión en la jefatura del Estado del “hijo de”, elegido únicamente por dos razones: ser un hombre hijo de otro.

El lunes, el ministro de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón, al ser preguntado sobre el incidente de tráfico protagonizado por uno de sus hijos, aseguraba que “los asuntos de familia se tratan en familia”, dando por despachado el tema. El martes, el periódico El País publicaba que un 10% de los empleados del Tribunal de Cuentas -el órgano encargado de fiscalizar a partidos políticos y organismos públicos-, son familiares de altos cargos. El presidente del organismo, Ramón Álvarez de Miranda, justificaba la concentración de cargos entre familiares de altos cargos por “vocación familiar”, al igual que ocurre con los abogados del Estado o los inspectores de Hacienda, explicaba.

Hoy miércoles, el juez Castro imputaba a Cristina, la hermana del Rey Felipe VI, la presunta comisión de dos delitos. En el auto señala: “Hay sobrados indicios de que doña Cristina de Borbón y Grecia ha intervenido, de una parte, lucrándose en su propio beneficio y, de otra, facilitando los medios para que lo hiciera su marido, mediante la colaboración silenciosa de su 50% del capital social, de los fondos ilícitamente ingresados en la entidad mercantil Aizóon”. No hay nada como ciertos apellidos para que se abran todas las puertas y algunas arcas públicas.

Pero a pesar de la declaración del ministro de Justicia, ninguna de estas cuestiones son “asuntos de familia”, son asuntos públicos que demuestran que aunque la expresión haya desaparecido del lenguaje popular, el asunto de las familias poderosas y su vocación por defender sus intereses permanece intacta desde hace décadas. Son asuntos que demuestran que nuestra democracia está atacada por el nepotismo. Son las mismas familias que desdeñan a las otras: madres solteras, monoparentales, matrimonios homosexuales… Son las mismas familias que niegan a las otras los derechos mínimos, los irrenunciables: Gallardón padre e hijo pretendiendo decidir por las mujeres si éstas quieren tener hijos y cuándo.

Son las mismas familias –Mato y compañia, la que aún no ha explicado quién pagaba los cumpleaños de sus hijos- las que dicen que no hay nada que hacer con las familias de los 2.306.000 niños y niñas que viven bajo el umbral de la pobreza según el informe que ayer hizo público UNICEF. Familias a las que una gestión de rapiña, sazonada con la corrupción, el robo del dinero público, las políticas de ajustes y fomento del paro han hurtado una vida digna y, en muchos casos, hasta la vivienda. Son las familias que no permiten abrir los comedores escolares por “el qué dirán” y quitan las becas a los estudiantes brillantes.

“¿Vives con tu familia? Bien, porque un hombre que no vive con su familia no puede ser un hombre”, que decía Vito Corleone. Y ya sabemos a qué tipo de Familia se refería.