Cansadas (10) ¿Le importa el sexo a la democracia?

Coral Herrera, que dedicó su tesis doctoral al amor romántico (y que publicó en el libro La construcción sociocultural del amor romántico), mantiene como argumento central de su libro que las emociones están mediadas culturalmente y predeterminadas por los mitos, los relatos, los estereotipos y tabúes que las han devaluado durante siglos a la categoría de sentimientos irracionales no susceptibles de ser investigados con rigor académico. Sin embargo, la mitificación del romanticismo patriarcal, las utopías emocionales de la posmodernidad y la existencia de ciertas ideas etiquetadas como normales o naturales han sido concebidas por nuestra cultura para perpetuar las estructuras sentimentales tradicionales y legitimar la organización económica y política de la sociedad occidental.
Una teoría coincidente con la que expuso Anna G. Jónasdóttir cuando se planteó la pregunta: ¿Le importa el sexo a la democracia? Jónasdóttir llegó a la conclusión de que el amor, como poder alienable y práctica social es básico para la reproducción del patriarcado.
Efectivamente, no se puede excluir las relaciones de pareja del análisis y mucho menos del cuestionamiento que hacemos al resto de los aspectos que rodean nuestra vida.
Entonces, ¿por qué las mujeres dedicamos tantos esfuerzos a modernizar la vida social, la cultura, las leyes, la política y no a modernizar el amor? No ha sido un olvido. Hay numerosos trabajos sobre el amor en esa dimensión personal y política. Sin embargo, no hemos sido capaces de desarticular el imaginario construido por el mito del amor romántico y probablemente el mandato social es más potente de lo que nunca imaginamos. Como dice Coral Herrera, el amor romántico, pese a que siempre se ha tratado como un fenómeno afectivo que sucede en el interior de las personas, es una construcción sociocultural que se ha expandido por todo el plantea gracias a la globalización. De hecho, en países como India o Japón, el amor romántico comienza a ser el principal motivo para contraer matrimonio, por encima de su función económica y social.
El patrón del amor romántico no sirve y, sin embargo, llegamos a pensar que las que no servimos somos nosotras, llegamos a culpabilizarnos de no tener o no poder mantener en el tiempo una pareja y llegamos a pensar que solo nos ocurre a nosotras porque a nuestro alrededor, la literatura, el cine, la música, las series de ficción televisiva, los relatos de tradición oral, no dejan de mostrarnos amores románticos y pasionales, envidiables. Y es que el amor, además de una fuente inagotable de productos culturales también es un dispositivo político.

El discurso globalizado insiste en que el amor se da solo, no necesita análisis, no necesita conocimiento. El amor llega inesperadamente, no hay que buscarlo, siempre te encuentra, te sale de forma natural del corazón (nunca de la cabeza, eso está muy mal visto) y solo necesitas entregarte. “Mujer, déjate querer… mujer, mujer”.  Sin embargo, el amor es histórico, es decir, está condicionado por las épocas y por las culturas, está especializado por género, lo que quiere decir que tiene normas y mandatos diferentes para las mujeres y para los hombres y además, va de la mano del poder.
Podemos señalar, en la cultura occidental, a grandes rasgos, y siguiendo a Marcela Lagarde, al menos cinco formas del amor. Así, al menos podemos distinguir entre el amor cristiano, el amor cortés, el amor burgués, el amor victoriano o el amor romántico.
El amor cristiano separó el cuerpo del espíritu, y el amor cortés, de alguna manera, también. En el modelo de amor cortés, básicamente, los hombres debían experimentar grandes pasiones eróticas pero eran pasiones ideales e idealizadas. No se realizaban, solo alimentaban la imaginación. El amor cortés ensalzaba el amor como auténtica base de la relación entre un hombre y una mujer, desvinculando amor y sexo. De hecho, prácticamente, se trataba de amores platónicos.
Las mujeres no tenían nada que decir. La dama adorada era una esposa pero siempre era la esposa de otro, por lo tanto, todo se convertía en un juego arriesgado y peligrosos en el que el papel de ella consistía básicamente en resistirse a los envites del amado, que hacía tanto hincapié en el cortejo amoroso que el acto sexual en sí quedaba desvalorizado y el galanteo se convertía en un fin en sí mismo. En este contexto, las mujeres carecían de individualidad y era el hombre quien adjudicaba a su amada toda una serie de virtudes.
El amor burgués, explica Lagarde, significó una revolución en las pautas de relación entre mujeres y hombres en Europa en los siglos XIII, XIV y XV. En este prototipo ya se unen el amor espiritual y el amor carnal. Cuando aparece el amor burgués ya se admitía que en las relaciones de pareja debía estar presente el amor pero es a partir de esta época cuando empieza a entender que éste también debe estar presente en el matrimonio. Antes del amor burgués, los matrimonios se arreglaban entre las familias por conveniencia social o por intereses económicos (patrimonio, tierras…).
El amor burgués aunaba el amor con la pasión erótica y la convivencia. El objetivo era la formación de una familia. Esta nueva concepción del amor trae consigo también una nueva moral sexual. El amor burgués establece que el amor pasión debe conducir al matrimonio y a la procreación. Esa es la vía legítima y autorizada moralmente para mujeres y para hombres aunque muy pronto los hombres se liberan de este mandato mientras las mujeres quedan obligadas a la monogamia para toda la vida, en algunas sociedades incluso adoptando el apellido de su marido. Según ese nuevo modelo, cada mujer tiene como destino en la vida hallar un hombre que además se convertirá en su “dueño” puesto que legalmente, el trabajo remunerado de las mujeres era excepcional e incluso en algunos países, aún cuando trabajaran o tuvieran bienes patrimoniales propios, de su familia o de sus herencias, no tenían derecho sobre ese capital puesto que el marido era el único autorizado y reconocido jurídicamente.
De esta manera, durante siglos, las únicas opciones válidas para las mujeres eran el convento o el matrimonio y así fue cómo este amor burgués fue construyendo un modelo económico y social para las mujeres haciéndolas dependientes económicamente de los hombres. Las hizo, como dice Marcela Lagarde, pobres, pobres. Dependientes sexual, afectiva, económica, jurídica y políticamente de los hombres. El amor burgués mantiene a las mujeres atrapadas en una relación única, exclusiva y para toda la vida.
El amor burgués llega a su fin en época de la reina Victoria de Inglaterra, en la transición del siglo XIX al XX, momento cumbre del capitalismo y de la expansión del Imperio Británico. Y el amor burgués desaparece porque es sustituido por el amor victoriano que representa su máxima expresión. De hecho, la propia reina fue la que impuso el modelo con su vida. El amor victoriano consagra fundamentalmente la dedicación de las mujeres a la procreación, instaurando como virtud la maternidad.
El amor romántico es el amor pasión que nace como respuesta al victoriano. Se reivindica el amor fuera de las instituciones, de los papeles, del matrimonio. Aún hoy se mantiene la tendencia de considerarlo como ejemplo de libertad y de considerar el romanticismo como algo positivo. Sin embargo, lo romántico lleva implícito lo trágico. La esencia del romanticismo es jugárselo todo, incluso la propia vida, por un instante de amor.
Desde los inicios del siglo XIX, surge la conexión entre los conceptos de amor romántico, matrimonio y sexualidad que llega hasta nuestros días. Y es a lo largo de las últimas décadas en la cultura occidental cuando esta relación se ha ido estrechando cada vez más, llegando a considerarse que el amor romántico es la razón fundamental para formar una pareja y para mantenerla, para casarse. El amor romántico se hace popular y normativo, el matrimonio aparece como elección personal y el amor romántico y la satisfacción sexual deben lograrse en el matrimonio. Como lo define Coral Herrera, el amor romántico como construcción sociocultural, sostiene en la actualidad la base de la sociedad capitalista, democrática y patriarcal: el matrimonio y su extensión, la familia nuclear tradicional. Y su idealización invisibiliza la ideología subyacente a un tipo de pareja basada en la propiedad privada, la eternidad y la magia. En definitiva, el amor romántico es un producto mítico que influye y conforma la organización social. Nuestro ideal de amor erótico ha quedado modelado por el romanticismo que, como un producto cultural occidental se ha expandido por todo el mundo gracias a la industria cultural y a la globalización.

1 comment for “Cansadas (10) ¿Le importa el sexo a la democracia?

  1. diciembre 19, 2013 at 4:33 pm

    Muy interesante articulo…
    Aunque en mi opinión todos estos modelos (incluido el llamado “amor romántico”) son superados por un nuevo modelo-que no me atrevo a darle nombre- en el cual se desliga del todo el elemento afectivo del elemento sexual, dejando de lado cosas como la exclusuvidad y la posesión de los individuos, y por supuesto la desvinculación del sexo con la paternidad o la maternidad

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