Cansadas

El año que cumplimos 40 años no teníamos tiempo para llorar. El año que cumplimos 40 años teníamos, sobre todo, cansancio. Ése era nuestro mayor tesoro: toneladas de cansancio acumuladas. Cansancio por hacerlo todo solas, por nadar a contracorriente a diario, por haber apoyado sistemáticamente a todas nuestras sucesivas parejas, por habernos embarcado solas en la hipoteca, por haber aguantado la presión laboral…
Pero llamarlo tesoro era una barbaridad porque ¿qué se podía hacer con ese cargamento? ¿A quién se le podía vender? ¿Quién iba a querer comprarlo? Ni siquiera se podía meter en cajas y llevarlo a un trastero.
El año que cumplimos 40 años los trasteros estaban de moda. Las casas eran demasiado pequeñas y las familias paradójicas, demasiado nuevas pero con demasiada historia, con demasiadas cosas que guardar. Las familias, ya no se podía hablar de familia en singular: monomarentales, monoparentales –las menos-¬, reconstruidas, en trámites y procesos de separaciones o divorcios, extensas, numerosas…
Aunque ese cargamento, tan pesado, nos había dado, a cambio, algunos bienes: la santa indignación, el pragmatismo y, es hora de reconocerlo, una buena dosis de cinismo.
Nuestra indignación había llegado a santa porque era realmente lo único que a estas alturas venerábamos. Si no hubiese sido por ella, por la capacidad que nos daba para rebelarnos, para reinventarnos después de cada fracaso, para fortalecernos ante las dificultades, algunas no estaríamos vivas.
El pragmatismo era fundamental y el cinismo nos permitía, por lo menos, algo de sexo. Si estás convencida de que no existe el príncipe azul, ni tan siquiera el hombre de tu vida (como mucho, hay hombres o mujeres en tu vida), puedes mantener relaciones más o menos largas, más o menos intensas con quien te dé la gana, no tienes peligro de quedarte enganchada en ningún tipo de dependencia.
A veces, era tremendamente útil.

Cuando teníamos 15 años y éramos estudiantes de bachillerato, quedarse embarazada era lo peor que podía pasar. El año que cumplimos 40 años, la mayoría éramos madres o estábamos en ello. Muchas, orgullosas madres solteras de hijos deseadísimos. ¿Cómo cambió todo en tan poco tiempo? Hasta el nombre. Ahora ya no éramos madres solteras sino familias monoparentales, o monomarentales, según quién nos nombrara.
Es difícil de explicar, pero a nosotras nos pilló en medio. Es más. Fuimos las protagonistas. Silenciosas, más bien mudas, pero las protagonistas.
El año que cumplimos 40 años, el cansancio no era patrimonio de nuestra generación. También estaban cansadas las mayores y buena parte de las jóvenes, pero hay que reconocer que esa generación desperdiciada que había nacido alrededor de la mitad de los sesenta, era la más agotada. Había sido pionera entrando masivamente en la universidad, había sido la encargada de hacer realidad los sueños de las madres que empujaban con fuerza hacia una idea fundamental: “Estudia, consigue un buen trabajo y luego haz lo que quieras. Inventa tu propia vida y sé independiente económicamente”. Eso habíamos hecho. La maternidad quedó postergada, la retrasamos al menos diez años, otras la rechazaron de plano. La pareja no fue solo una, los divorcios numerosos, y el trabajo nunca tan bueno como soñamos y jamás remunerado como merecíamos. Nos convertimos en una generación sándwich, sin el prestigio ni el reconocimiento que tuvieron algunas de nuestras mayores y sin el acceso a los puestos de responsabilidad que tenían las más jóvenes. Nos encontramos como una loncha de jamón atrapadas en el cuidado de nuestras hijas e hijos, demasiado pequeños y nuestros padres y madres, demasiado mayores.
El año que cumplimos 40 años éramos las dueñas de las agendas-ciencia ficción, las que nunca se hacían realidad. Estaban repletas de deseos, planes, proyectos y objetivos que ni un solo día coincidían con nuestras vidas. Cada noche nos dormíamos con la ilusión de que algún día, al despertarnos, pudiéramos abrir los ojos preguntándonos y hoy ¿qué quiero hacer? Porque cada mañana, al ritmo del despertador, la mente se ponía en marcha con la otra pregunta, la odiada, la temida ¿y hoy que tengo que hacer? Incluso llegó un momento que hacer la maleta, para nosotras, para las que nos lanzamos a recorrer el mundo apenas cumplimos la mayoría de edad, era una pesadilla.
El año que cumplimos 40 años nos preguntábamos si ocurriría lo mismo con todo: ¿Se llega a cansar una de lo que más amó, de aquello con lo que más disfrutó? Últimamente, con decenas de maletas destrozadas –casi todas en los trasteros, como los pasaportes caducados, por aquello de conservar pruebas evidentes de lo que una fue-, el ejercicio romántico que un día supuso empaquetar para un viaje, se convirtió en meter cosas prácticas muy rápido y sin pensar.
Y, además, ¿cómo se viste una para entrar en los cuarenta?

(continuará…)

6 comments for “Cansadas

  1. Alberto
    noviembre 28, 2013 at 11:09 am

    Gracias Nuria…

  2. Lola
    noviembre 28, 2013 at 11:16 am

    Me ha encantado. Quedo a la espera de la continuación.

  3. JAS
    noviembre 28, 2013 at 1:20 pm

    Una generación llena de costras y sin raíces. Y algunos a estas alturas seguimos reinventándonos. Felicidades, Nuria.

  4. Rocío MyP
    noviembre 28, 2013 at 1:57 pm

    Me ha encantado Nuria…a la espera…

  5. Rogelio Carlos Perez Varela
    noviembre 29, 2013 at 11:07 pm

    Ilustrativo para elsexo complementario.

  6. diciembre 6, 2013 at 2:13 am

    Una generación sandwich, que bien expresado. Me encantó, espero la segunda parte.

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