Cuando lo das todo

Tengo 44 años. Mis raíces están en un ambiente familiar conflictivo. Mi padre bebía. Mi madre también procedía de una familia así, su padre también bebía. Las dificultades a la hora de convivir con una persona que bebe son bastante grandes. Recuerdo haber pasado en mi casa necesidades económicas, no hambre, pero sí necesidades. Soy la mayor de cinco hermanos y, en aquel tiempo, eso suponía responsabilidades respecto de los pequeños así que aunque iba al colegio, yo sabía que era más importante ayudar a mi madre que hacer los deberes.
También recuerdo mucha violencia en el hogar y, lo peor, recuerdo cómo culpaba yo a mi madre. Nunca se me ha borrado la imagen del día que salieron volando unas macetas que había en casa porque mi madre no había limpiado bien el polvo que había debajo. Y yo le decía: “Pero ¿por qué no las limpias?” Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que ése no era el problema. Yo no podía entender las reacciones de mi padre y veía que daba igual lo que hiciera mi madre, él siempre reaccionaba con violencia. Si limpiaba porque limpiaba y si había polvo porque había polvo.
Ahora, con todo lo que he vivido, creo que ahí está la raíz de todos mis conflictos. Cuando salí de casa de mis padres y comencé a tener novio, tenía ya tendencia a buscar parejas conflictivas porque era a lo que estaba acostumbrada. Desde que era niña viví en una casa donde lo normal era aguantar malos tratos sin saber que eran malos tratos, a vivir, a sobrevivir… Así que, realmente, sólo abrí los ojos sobre mi pareja cuando fui consciente de mi propia violencia.

Un día, había tanta tensión en casa, con mi marido, que yo, víctima de malos tratos, que tenía claro que nunca jamás le iba a poner la mano encima a ninguno de mis hijos, lo hice. Ese día pasó y yo no podía creerlo. Fue cuando me di cuenta de que yo no estaba bien pero no sabía qué me ocurría. Fui al médico, le conté cómo me sentía y como única respuesta me dijo que el problema debía encontrarlo en mí. Pero ahora sé que el problema estaba en mi matrimonio.
Aún vivía en casa de mi padres cuando me quedé embarazada del que era mi novio, el padre de mi hija y me casé con él. Mi marido jamás me ha puesto la mano encima, pero destruyó mi vida y casi me destruye a mi. Cuando me casé estaba trabajando y seguí haciéndolo. Pero la primera época, cuando la niña era pequeña, fue muy difícil porque si trabajaba ocho horas justas, porque quería estar con mi hija, me presionaban; y si trabajaba doce, cuando llegaba a casa me daba cuenta de que no tenía vida, de que mi hija estaba creciendo y yo no me estaba enterando. Al mismo tiempo, mi marido eludía las responsabilidades, las de pareja, las de padre, hasta las económicas. Ahí comenzó el conflicto. Estaba viviendo con una persona de la que estaba muy enamorada pero comenzaba a darme cuenta de que algo estaba fallando sin saber qué era. Comencé a presionar, a esforzarme en que todo fuese bien y llegué a buscar verdaderas tonterías para justificarle. Hasta me convencí de que el problema había surgido porque él quería un niño y había nacido una niña y esa era la razón por la que él no estaba suficientemente involucrado.
Pero cuando llevábamos cuatro años casados tuve a mi segundo hijo. Nació un varón. Antes de que naciera, dejé el trabajo. La experiencia fue muy negativa. A la niña me la criaban entre mi suegra y mi madre. Intenté meterla en una guardería pero no había plazas públicas, lo único que había era una privada que se llevaba tres cuartas partes de mi sueldo. Así que dejé de trabajar y todo se complicó mucho más. Mi marido se había acomodado a que yo llevase dinero a casa y a que me encargara de todo –en la casa y en la familia–, así que él llevaba una vida despreocupada, desordenaba, llegaba muy tarde a casa…
Yo seguía luchando por mi matrimonio pero cuando mi hijo no había cumplido ni el año, ya estuvimos tres días separados. En ese momento, llegué a hacer la maleta y estaba decidida a irme, pero una de las razones que siempre me han atado a mi matrimonio es que no he tenido a dónde ir. Influye, influye mucho, a mí al menos. Salí del ambiente familiar mal porque mi padre no quería que me casara con él y esa puerta estaba cerrada. No tenía a dónde ir. Había perdido mi independencia económica y aunque no lo es todo, es algo más del todo. A mí siempre me ha dado seguridad, claro, en una sociedad de consumo como la que vivimos, el dinero te da seguridad. Yo no soy muy materialista, pero haber dejado mi trabajo y no tener nada de dinero mío me impedía irme con dos niños pequeños.
Así que nos trasladamos de casa y de barrio a un piso de protección oficial que nos dieron y fue en ese momento donde yo terminé de perderme. Al abandonar también mi barrio, dejé a todas las personas que conocía, con las que me relacionaba y sin saber que eran las que me daban fuerzas para seguir adelante. Fue en ese momento cuando me vi sola, con la presión que él ejercía sobre mí. Me fui destruyendo cada día porque entre en un ciclo perverso que funciona así: Él no quiere que hagas algo y tú no quieres bronca y no lo haces, pero es sólo es hoy. Mañana te pide algo más y pasado algo más y al otro más y cuando te das cuenta se lo están dando todo para que no te grite. Pero las broncas siguen, así que no has conseguido nada. Lo has dado todo a cambio de nada. Y llega un momento en el que te preguntas qué le está pasando a tu vida.
Recuerdo que de lunes a viernes lo sobrellevaba con la rutina diaria del colegio, la casa, pero cuando llegaba el fin de semana y veía cómo se movían las demás parejas y yo siempre allí en mi casa… Él decía que el sábado y el domingo eran para descansar y eso era lo que hacía. Él durante toda la semana tenía su trabajo, luego se quedaba en el bar, llegaba tarde, hacía lo que le daba la gana, no respetaba lo que tenía, ni mis sentimientos, ni la vida privada de los niños, ni la mía, siempre ha hecho su voluntad, sólo su voluntad. Y llega un momento en que ya estás en sus manos y todavía no sabes qué pasa.
Todo fue empeorando hasta que comenzó a no venir a dormir a casa de vez en cuando. Algunas noches, sin avisar, no venía. Yo, ahí, ya no podía más. Fui al Instituto de la Mujer, me asesoró una abogada, me dio los papeles del divorcio pero yo no pude firmarlos. Me estaba volviendo loca porque no me entendía a mí misma, no entendía qué me pasaba. No entendía cómo no podía vivir con él pero no podía dejarle… Ahí comenzó mi gran lucha por saber qué me estaba pasando. Comencé a leer libros, me di cuenta de que tenía una depresión y sobre todo, que estaba muy confusa. Él era el rey de mi mente y de mi vida, en mi cabeza sólo existía él, era el precio de habérselo dado todo.
Él nunca me ha pegado, tampoco se lo he consentido. En realidad, yo lo que trataba era de que no se enfadara, si lo conseguía, todo iba bien, pero cuando se enfadaba surgía la violencia, los gritos, las amenazas… Yo sólo me permitía hacer algo cuando mis hijos no estaban delante, no quería que mis hijos vieran lo que estaba pasando en mi casa. Casi siempre, cuando ellos estaban acostados, yo me permitía hacerle cara, decirle alguna de las cosas que creía que tenía que decirle, pero él no lo toleraba. Nunca me pegó, creo que porque siempre le advertí de que como me pusiera la mano encima le denunciaba y eso a él le retenía. Además, siempre me he defendido ante las agresiones físicas. En mi casa, he tenido que defender mucho a mi madre, cuando mi padre la pegaba yo me metía en medio para protegerla y eso era algo que sabía hacer. Yo sabía protegerme físicamente, lo que no he sabido hacer ha sido defenderme de los maltratos psicológicos. Ésos son los peores. Son mucho peores porque si te parten un brazo te escayolan y se cura, pero lo psicológico lo arrastras toda tu vida. Y fue ahí, en la parte psicológica, donde mi marido me atacó más fuerte.
El episodio con la niña, el día que la pegué, ocurrió en un momento negro, yo estaba en una depresión horrible y había muchísima tensión en casa. Si una acumula agresividad, la echa con las personas que están más cerca y yo estaba continuamente con mis hijos. Yo he sido el padre, he sido la madre, y he sido todo. Ahora veo que lo normal era que se me fuera la mano en ese momento. La niña tenía 17 años, estaban surgiendo las guerras generacionales. Yo no estaba de acuerdo con ciertas cosas y ella se rebelaba, se imponía. Fue horrible, pero ese episodio sirvió para salvarme. Creo que si ese día no estallo, aún seguiría metida en toda esa mierda sin darme cuenta de nada. Desde entonces, mi vida ha sido una búsqueda constante para aprender y reconocer qué me pasaba. Hoy me siento una persona nueva, no soy la que era. Me había perdido no sé dónde y creo que estoy teniendo la oportunidad de encontrarme.
Aún así, el episodio con la niña no fue el detonante para irme de casa, aún aguanté años hasta que vi el sufrimiento en mi hijo. Fue el verano pasado. Mi hijo cayó en una depresión. Cuando le daban las crisis de angustia, le llevaba al hospital y como tiene veinte años, me preguntaban si había tomado drogas y mi niño no bebe, no fuma y es un niño encantador y yo, callada, no podía aguantar tanto dolor. Reconocí en él el problema psíquico, ¡se parecía tanto al mío! Lo llevé a un psicólogo y comenzó a paliarle la angustia pero ver el sufrimiento por el que yo estaba pasando reflejado en mi propio hijo fue lo que me hizo decir que ya no podía más y decidir acabar de una vez con ese matrimonio y separarme. Mientras los niños fueron pequeños creí, ilusa, que no se enteraban de lo que estaba pasando en casa, pero no era así.
Esa misma noche, la última que tuve que llevar a mi hijo a Urgencias con una crisis de ansiedad tuvimos otra bronca. Yo me levanté de la cama, cerré la puerta del dormitorio y le dije: “Como el niño se despierte, te mato”. Yo perdí el control, no recuerdo nada. Sólo vi una parte muy oscura de mí. Le dije que se había acabado todo, que el amor de madre había superado al de esposa y que ya no podía más. Que no sabía cómo, pero que íbamos a salir de ese pozo y comencé a arreglarlo todo a escondidas porque sabía que en el momento en el que se enterara que realmente me divorciaba y me iba de casa, no me lo iba a permitir. Y así fue, a los tres días me preguntó si me iba de casa porque él me molestaba. Le dije que si no se había enterado de lo que le había dicho. Que me iba porque estaba arreglando los papeles para separarme. Eso fue por la mañana y cuando llegué a mediodía ya estaba provocando una situación muy violenta. Comenzó a acusarme de estar con hombres, de que me iba porque estaba liada con alguien. Se negó a darme los documentos que me hacían falta y tuve que salir de casa como pude porque comenzó a amenazarme y a insultarme. Me gritó que él bebía porque le salía de los cojones, que no tenía que darle cuentas a nadie… Cogí el bolso y me fui a casa de una amiga. Sólo quería estar encerrada y dormir. Me llevó al médico, me pusieron un tratamiento y poco a poco comencé a tener fuerzas para levantarme de la cama, y me puse a trabajar limpiando una casa, lo primero, lo más inmediato. Lo importante está hecho, ya tendré tiempo de buscar un trabajo mejor.

1 comment for “Cuando lo das todo

  1. marzo 13, 2014 at 2:26 pm

    Estoy justo leyéndome esta parte de “Íbamos a ser reinas”. Está siendo duro pero no puedo más que agradecerte el trabajo de escribirlo. Esclarecedor, de los que te cambia la vida (Y esperemos que la de muchas otras). Gracias Nuria.

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