El mito de la belleza

A comienzos de los años 90, la joven feminista estadounidense Naomi Wolf publicó un libro revelador titulado El mito de la belleza. En él afirmaba que, una vez más, los éxitos del feminismo habían desencadenado una fuerte reacción. Junto a la ola conservadora que se expandió por el mundo, en buena parte por la política desarrollada por la pareja Bush (padre)-Thatcher, otra arma política se esgrimió específicamente contra las mujeres, era el mito de la belleza. “Al liberarse las mujeres de la mística femenina de la domesticidad, el mito de la belleza vino a ocupar su lugar y se expandió para llevar a cabo su labor de control social”. Wolf explicaba que hay algo oculto en que asuntos tan triviales como todo lo relacionado con el aspecto físico, el cuerpo, la cara, el pelo y la ropa tengan tanta importancia.
Así es, era la reacción contra la libertad sexual y la reapropiación del cuerpo por parte de las mujeres. El cuerpo femenino ha sido territorio conquistado y arrebatado durante siglos. Aún hoy lo es en buena parte del mundo. El cuerpo femenino en toda su extensión: sexualidad, salud, belleza y capacidad reproductora. El patriarcado se ha empeñado en negar la sexualidad de las mujeres, su placer y su deseo, y al mismo tiempo, se ha encargado de imponer cánones estéticos al margen del riesgo que éstos tienen para la salud. También se ha encargado de decidir, sin tener en cuenta a las mujeres, sobre la maternidad. Según las necesidades, las autoridades religiosas y políticas han impuesto leyes de control de natalidad, han prohibido los métodos anticonceptivos, regulado el derecho al aborto y se han apropiado de los hijos y de las hijas de las mujeres al negar la autoridad a las madres.
Buena parte de esta rígida estructura patriarcal saltó por los aires con las feministas radicales en los años setenta y la contraofensiva no se hizo esperar. El mito de la belleza –como dice Wolf–, prescribe una conducta y no una apariencia. “Lo más importante es que la identidad de las mujeres debe apoyarse en la premisa de la belleza, de modo que las mujeres se mantendrán siempre vulnerables a la aprobación ajena, dejando expuesto a la intemperie ese órgano vital tan sensible que es el amor propio”. Y en el ámbito de la economía, el siglo XX creó otra enorme bolsa de consumo que en el XXI continúa gozando de muy buena salud. “Nos es impuesto por la sociología popular, las revistas y la ficción con el fin de disimular el hecho de que la mujer en su papel de consumidora ha sido esencial en el desarrollo de nuestra sociedad industrial… Si una conducta es esencial por razones económicas se la transforma en una virtud social”.
Irónica, afirma Wolf que “sospecho que si todas volviésemos mañana a casa y dijésemos que en realidad aquello no iba en serio, que renunciamos a los empleos, la autonomía, los orgasmos y el dinero, el mito aflojaría de inmediato su asedio y nos molestaría mucho menos”. Pero como eso no va a ocurrir, será mejor estar alerta y desenmascarar a una sociedad que despilfarra anualmente millones de dólares en la industria dietética, en la cosmética y en la cirugía estética. Lucía Etxebarria y Sonia Núñez escribían en su libro En brazos de la mujer fetiche que “la sociedad que presuntamente ha conocido el nacimiento de la emancipación femenina, de la incorporación de la mujer a la esfera del poder, es en realidad una sociedad constrictora. Una sociedad que cosifica sobre todo a la mujer, pero que en realidad lo cosifica todo: individuos y sentimientos” .
En el ensayo, Etxebarria y Núñez, que definen el siglo XXI como el siglo del culto a la cosa, explican que el modelo de cosificación de lo femenino que ahora cristaliza, comenzó en el siglo XIX: “Nunca la mujer ha sido tanto objeto como lo es a día de hoy. En la era de la cirugía estética todo parece posible. Los cuerpos tratan de adaptarse a los deseos (…) En una sociedad de ganadores lo imperfecto se aborrece. Sólo se admiten los cuerpos perfectos, y la perfección se define según ciertos cánones muy determinados, cánones que definen lo que es femenino y lo que es masculino según nuestra sociedad, y que descartan a los cuerpos que no se adaptan”.