Los tópicos: El padre de todos los prejuicios

El primero, el padre de todos los prejuicios, es el que dice que la desigualdad entre hombres y mujeres es natural –no las diferencias biológicas, sino las desigualdades entre los derechos de unas y otros–, y prueba de ello –se añade– es que ha existido siempre. Y es que la lógica del patriarcado respecto a las mujeres es contraria a la lógica respecto al resto del mundo, es más, es justo lo contrario a la lógica Así, cuando las mujeres desmintieron con sus vidas aquéllas características que se les decía eran naturales a su ser, incluso se afirmaba que no era algo impuesto, sino que a las mujeres les gustaban –estar en casa, no opinar, ser dulces y complacientes, ser pasivas, no tener deseo sexual, no tener inteligencia, sólo sensibilidad…–, en vez de rectificar el error, ilustres señores explicaban que quien se había equivocado era la naturaleza. Igual que cuando el patriarcado aseguraba como verdad científica e irrefutable que las mujeres teníamos instinto maternal. Cuando no una, sino miles de mujeres decidieron no tener hijos, no se cuestionó la mentira inventada y repetida, eran esas mujeres las que eran raras, eran excepciones ¡miles de excepciones!
Lo mismo que ocurrió cuando las mujeres comenzaron a estudiar y crear. De nuevo, en vez de reconocer el error de haber adjudicado sólo a los varones las capacidades intelectuales, creyeron equivocada a la naturaleza.
Un buen ejemplo se encuentra en los Recuerdos del tiempo viejo, obra en que Zorrilla evoca los principales acontecimientos de su vida artística.  En uno de sus capítulos, el autor de Don Juan Tenorio recuerda cómo conoció a la brillante escritora Gertrudis Gómez de Avellaneda y Anna Caballé lo recoge en La pluma como espada:
“En una de las sesiones matinales del Liceo se presentó “Incógnito” en los salones del Liceo del palacio de Villahermosa de Madrid, y la persona que la acompañaba me suplicó que diera lectura de una composición poética, cuyo borrador me puso en la mano, Yo diría aquella sesión, y pasando los ojos por los primeros versos, no tuve reparo alguno en arriesgar la lectura de los no vistos.
Subí a la tribuna, y leí como mejor supe unas estancias endecasílabas, que arrebataron al auditorio. Rompióse el incógnito, y presentada por mí, quedó aceptada en el Liceo, y por consiguiente en Madrid, como la primera poetisa de España, la hermosa Gertrudis Gómez de Avellaneda. Porque la mujer era hermosa, de grande estatura, de esculturales contornos, de bien modelados brazos, su cabeza coronada de castaños y abundantes rizos, y gallardamente colocada sobre sus hombros. Su voz era dulce, suave y femenil; sus movimientos lánguidos y mesurados, y la acción de sus manos delicada y flexible; pero la mirada firma de sus serenos ojos azules, su escritura briosamente tendida sobre el papel, y los pensamientos varoniles de los vigorosos versos que reveló su ingenio, revelaban algo viril y fuerte en el espíritu encerrado dentro de aquella voluptuosa encarnación pueril. Nada había de áspero, de anguloso, de masculino, en fin, en aquel cuerpo de mujer, y de mujer atractiva; ni la coloración subida de la piel, ni espesura excesiva en las cejas, ni bozo que sombreara su fresca boca, ni brusquedad en sus maneras. Era una mujer; pero lo era sin duda por un error de la naturaleza, que había metido por distracción un alma de hombre en aquella envoltura de carne femenina”.