Emma Goldman: Mujeres libres

La arrestaron tan a menudo que cada vez que hablaba en público llevaba consigo un libro para leer en la cárcel. Era Emma Goldman y su delito doble: ser anarquista y feminista, orgullosa representante de las mujeres que se autodesignaban “mujeres libres”. Y eso que no fue el anarquismo un movimiento que teorizara sobre los derechos de las mujeres: incluso su máximo representante, Pierre J. Proudhom defendió posturas antiigualitaristas. Sin embargo, dentro del anarquismo fueron muchas las mujeres libres que como Goldman trabajaron y defendieron la igualdad. Consideraban que la libertad era el principio de todo y que las relaciones entre los sexos tenían que ser absolutamente libres. Siempre se mantuvieron en tierra de nadie. Por un lado, como estaban en contra de la autoridad y del Estado, quitaban importancia a la reivindicación de las sufragistas sobre el derecho al voto y por otro, para ellas, la propuesta comunista –que el Estado regulara la procreación, la educación y el cuidado de los niños–, era una idea, cuanto menos, peligrosa .
Goldman había nacido en 1869 en un gueto de la Rusia zarista, murió en 1940 en Canadá y fue enterrada en Chicago. Escapó de su país hacia Estados Unidos huyendo de “la pesadilla de mi infancia” –como se refería a su padre y a los golpes que le propinaba–. También abandonó en esa huída, un matrimonio que su padre le había amañado cuando tenía 15 años. A esa edad, Goldman ya llevaba dos años trabajando en una fábrica donde se había sumado al feminismo de las mujeres revolucionarias que allí conoció. En Estados Unidos encontró trabajo en otra fábrica, se volvió a casar –y divorciar al poco tiempo–, con un compañero inmigrante y comenzó a interesarse por el anarquismo. A partir de entonces, en sus discursos y escritos, Emma siempre unirá anarquismo y feminismo.

“El desarrollo de la mujer, su libertad, su independencia, deben surgir de ella misma y es ella quien deberá llevarlos a cabo. Primero, afirmándose como personalidad y no como una mercancía sexual. Segundo, rechazando el derecho que cualquiera pretenda ejercer sobre su cuerpo; negándose a engendrar hijos, a menos que sea ella quien los desee; negándose a ser la sierva de Dios, del Estado, de la sociedad, de la familia…”

El 28 de marzo de 1915, ante una audiencia mixta de seiscientas personas en el Sunrise Club de Nueva York, Goldman explicó, por primera vez en toda América, cómo se debía usar un anticonceptivo. Relata Amparo Villar que fue arrestada de inmediato y después de un juicio tormentoso y sensacional, se le dio a elegir entre pasar quince días en un taller penitenciario o pagar una multa de cien dólares. Eligió la cárcel y la sala entera la aplaudió. Desde los medios de comunicación se escribieron cosas como: “Emma Goldman fue enviada a prisión por sostener que las mujeres no siempre deben mantener la boca cerrada y su útero abierto”.

Goldman mantenía que para las mujeres, el cambio no vendría de reformas como el derecho al voto. Para ella, lo importante era una revolución que surgiera de las propias mujeres, no tanto de la conquista del poder como de la “liberación” del peso de los prejuicios, las tradiciones y las costumbres. Su feminismo estaba mucho más próximo al de la década de los setenta que al de sus propias contemporáneas ya que su análisis sobre la condición oprimida de las mujeres se centraba en el problema sexual. Para Goldman, éste era el arma más importante que la sociedad esgrimía contra la mujer. Emma fue encarcelada durante dos años y deportada tras la Primera Guerra Mundial por sus denuncias del conflicto bélico y dedicó el resto de su vida a combatir por el anarquismo, primero en Rusia contra los bolcheviques y después en España, durante la Guerra Civil.