FE-MI-NIS-MO

Artículo publicado en el número de marzo de La Marea a modo de “guía práctica”, (versión completa).

Nació con la Revolución Francesa, es anterior al marxismo y coetáneo al liberalismo. Se ha extendido por todo el mundo y provocado la mayor revolución pacífica de la historia. Acoge decenas de tendencias y no tiene jerarquías. Cincuenta por ciento teoría política, 50% movimiento social. Es el feminismo, ese gran desconocido con tres siglos de historia que vuelve a las calles ante la involución del gobierno Rajoy.

Verán, no cuesta tanto. Primero se dicen las sílabas, una a una, y luego todas seguidas, las cuatro, y ya está. Dicho queda. Comprobarán que no les salen granos ni les sube la fiebre. Es importante completar las prácticas con algunas lecturas teóricas antes de decirlo en público. Tendrán asegurado el revuelo en cualquier conversación en la que, aunque sea de pasada, lo nombren. Pocas palabras tienen tanto poder para crear polémica y evocar prejuicios y tópicos. Ya lo dejó escrito en el siglo XVII Poulain de la Barre en su libro Sobre la igualdad de los sexos “Es incomparablemente más difícil cambiar en los hombres los puntos de vista basados en prejuicios que los adquiridos por razones que les parecieron más convincentes o sólidas. Podemos incluir entre los prejuicios el que se tiene vulgarmente sobre la diferencia entre los dos sexos y todo lo que depende de ella. No existe ninguno tan antiguo ni tan universal”.

La capacidad polémica proviene de que el feminismo es una teoría crítica y como tal cuestiona el orden establecido pero además, es una teoría crítica esencialmente con el patriarcado, al que Kate Millett denomina “el sistema de dominación más universal y longevo”, a lo que Celia Amorós añade, “escurridizo e invisible” de los que existen. Y además, el feminismo, todo lo que toca lo politiza. Baste como ejemplo cuando las mujeres de la Revolución Francesa eran autodesignadas como el “bello sexo” por los revolucionarios, ellas pasaban a la propia designación como “Tercer Estado dentro del Tercer Estado”. Así pues el feminismo es un especialista en poner nombre a las cuestiones que durante siglos se han querido invisibilizar: violación en el matrimonio, acoso sexual, brecha salarial, violencia de género… Y, sobre todo, en demostrar lo que Seyla Benhabib llama una “universalidad sustitutoria”, es decir, en poner de manifiesto que lo masculino se ha solapado con lo humano convirtiéndose en norma y patrón. Ese usurpador pretender ser universal de lo masculino está presente en la vida cotidiana y en todas las ramas del conocimiento: desde el lenguaje hasta la medicina. Por poner solo un ejemplo, aún hoy mucha gente cree que el infarto se manifiesta con un fuerte dolor en el pecho y en el brazo izquierdo cuando eso solo les ocurre a los varones.
El feminismo supone por tanto una verdadera revolución tanto frente al poder establecido como frente al contrato social, contrato sexual como lo denominaría Carole Pateman, subrayando así cómo las mujeres quedan excluidas del proceso constituyente fundacional de las democracias. Una revolución que no deja indiferente porque interpela en todas las áreas de la vida, tanto en lo público como en lo privado. Como señala Celia Amorós: “Si no se quiere tener una visión distorsionada del mundo ni una autoconciencia sesgada de nuestra especie es ineludible la constitución del feminismo en referente necesario”. Asegura Amelia Valcárcel que el feminismo “compromete demasiadas expectativas y demasiadas voluntades operantes. Incide en todas las instancias y temas relevantes, desde los procesos productivos a los retos medioambientales. Es una transvaloración de tal calibre que no podemos conocer todas sus consecuencias, cada uno de sus efectos puntuales, ya sea la baja tasa de natalidad, la despenalización social de la homofilia, la transformación industrial, la organización del trabajo…”.

Todo comenzó en la Revolución Francesa, cuando las mujeres se articulan como un movimiento social y Mary Wollstonecraft escribe la “Vindicación de los derechos de las mujeres” pero fue a lo largo del siglo XIX cuando el Sufragismo consigue su primera gran victoria: el derecho al voto -fueron tres generaciones empeñadas en un mismo objetivo, ochenta años de lucha-. Gran victoria pero también la constatación de que el camino iba a ser tremendamente largo. Las sufragistas confiaban en que una vez conseguidos los derechos políticos, los demás vendrían rodados. Nada más lejos de la realidad. Se dieron cuenta de las dificultades que conllevaba su aparición en la esfera de lo público y de que esto no suponía apenas modificaciones en el ámbito privado. Así que fueron las feministas radicales a partir de los años 60 del siglo XX las que concluyeron que “lo personal es político”, que el patriarcado no se queda en la puerta de la casa sino que es precisamente en el ámbito privado, en la obligación de las tareas de cuidados para las mujeres, en las relaciones de poder que alberga la familia y la sexualidad donde en realidad está el “núcleo duro”.

El feminismo entra en el siglo XXI intentando desentrañar y desarticular esas relaciones de poder patriarcal que hacen que incluso la igualdad formal conseguida en algunas partes del mundo no sea sinónimo de la igualdad real. Y entra con múltiples voces –a veces en intenso debate entre sí-. La globalización, el multiculturalismo y la sociedad de la información constituyen sus nuevos mapas mientras en la agenda permanecen la feminización de la pobreza, la violencia de género y los derechos sexuales y reproductivos.

Pero como diría Celia Amorós, en estos tres siglos, el feminismo ha pasado de ser patrimonio de “cuatro radicales” a convertirse en un sentido común alternativo. Desconocido, vituperado y silenciado pero ha conseguido crear algo así como un “feminismo difuso”, es decir, compartir con la mayoría de las mujeres una conciencia de ciudadanía, reconocerse poseedoras de derechos reales, ejercibles que ha costado demasiado conseguir y a los que no están dispuestas a renunciar sin más.

En España, prácticamente hasta que Clara Campoamor hace del derecho al voto femenino un derecho irrenunciable, sólo existía un modelo aceptado socialmente. Se consideraba que la mujer era inferior por su debilidad física y psíquica y por lo tanto, estaba justificada su permanente tutela por un varón. Primero el padre, luego, el marido, porque lo adecuado era estar casada y ser madre, el único objetivo vital.
Los logros conseguidos en la Segunda República fueron efímeros. Prácticamente, ni se recordaban cuando se celebran las Primeras Jornadas por la Liberación de la Mujer en Madrid entre el 6 y el 8 de diciembre de 1975 y en las que se trató de todo: educación, trabajo, leyes, familia, sexualidad, divorcio, anticoncepción, aborto… Las feministas inician su camino trabajando por una sexualidad libre, contra la despenalización del adulterio, por la legalización de los anticonceptivos, la exigencia de guarderías, de educación sexual, el derecho al divorcio, al trabajo asalariado o la amnistía para las mujeres que permanecían en las cárceles condenadas por los llamados delitos específicos (adulterio, aborto, prostitución).
Por primera vez, en 1977, en la calle y de forma unitaria, se celebró el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer y ese mismo año se lanzó la campaña por una sexualidad libre y con una triple reivindicación: educación sexual y creación de centros de orientación sexual, anticonceptivos libres y gratuitos y aborto legal. La campaña no cesó hasta que se consiguió la despenalización de los anticonceptivos en octubre de 1978, año en el que fueron legalizadas las organizaciones feministas y se consiguieron los locales de la antigua Sección Femenina. También fue suprimido el Servicio Social de las mujeres establecido por Franco en 1937. Las feministas tuvieron que elaborar teoría, conseguir que se derogaran un largo listado de leyes, y hacer propuestas para la nueva legislación, reivindicar en la calle, abrir servicios, organizar su propio movimiento, hacer los cambios y reajustes personales, tomar conciencia y expandirla… Una verdadera revolución.

Todo demasiado reciente. Quizá ese recuerdo aún tan fresco de lo que era un país machista hasta el esperpento sea lo que explique, por un lado, la mayoritaria defensa de la actual ley de aborto –la manifestación del 1 de febrero contra la reforma de la ley fue la mayor manifestación feminista celebrada hasta ahora en España-, y, por otro lado, parece que los cambios han sido demasiado profundos y rápidos para los conservadores. Lo que Europa hizo a lo largo del siglo XX, en España se ha conseguido en apenas 3 décadas. Eso, unido a la idiosincrasia de la jerarquía católica local, y a un programa económico que se basa en la desarticulación del Estado del bienestar y por lo tanto, en la necesidad de la mano de obra gratuita de las mujeres que necesariamente tienen que volver a sus casas para que todo siga funcionando igual que antes de los recortes y el empobrecimiento de país, explican la potente reacción conservadora de gobierno de Rajoy contra las mujeres en todas sus políticas sin excepción -desde la reforma laboral hasta la derogación de facto la de las ayudas a la dependencia y las leyes de igualdad y contra la violencia de género- con la guinda del anteproyecto de reforma del aborto y las declaraciones que lo han acompañado.
La declaración de guerra contra las mujeres la firmó el ministro Gallardón pero las hostilidades y escaramuzas venían siendo una constante y arreciaron desde que el presidente Zapatero tuvo la audacia de crear el Ministerio de Igualdad. Al sector conservador y a sus amigos se les había atragantado la ley de Igualdad (recurrida en el tribunal Constitucional), la Ley Integral contra la violencia de género (recurrida en el tribunal Constitucional); la jerarquía católica, seguida por sus fieles más ultras, había salido a la calle en tromba para impedir la ley de matrimonios del mismo sexo (recurrida en el tribunal Constitucional) pero una cosa era aprobar leyes nunca bien dotadas presupuestariamente y otra bien distinta sentar al feminismo en la mesa del Consejo de Ministros. Por aquellas sillas habían pasado todos: liberales, marxistas, socialdemócratas, fascistas, ultracatólicos, populistas, tecnócratas, nacionalistas, socialistas, neocon, arribistas… pero 30 años de democracia parecían pocos aún para dar paso al feminismo.

Ahora, una vez más, el feminismo vuelve a la calle. Peligran los derechos que tanto ha costado conseguir y ya hay tres generaciones dispuestas a defenderlos.

2 comments for “FE-MI-NIS-MO

  1. m jose serrano
    marzo 11, 2014 at 12:37 pm

    hola nuria ¡ soy una seguidora de tu blog, me llamo mª jose serrano y queria decirte que en el articulo de feminismo creo que olvidas a alguien importante en el feminismo español Lidia Falcon.

    • marzo 11, 2014 at 12:59 pm

      Hola María José! Es imposible olvidar a Lidia Flacón!! No, no la olvido, lo cierto es que no menciono ningún nombre del feminismo español salvo Clara Campoamor porque en un breve artículo periodístico sería una audacia pretender resumir nuestra historia y con nombres y apellidos. Gracias por seguir este trabajo y por tu comentario.

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