No me gusta el Tenorio o el amor como construcción

amor kaye millet

El año pasado escribí un artículo sobre el Tenorio que fue descalificado por Pérez-Reverte y sus mariachis (fue divertido leer cómo se iban “chivando” en twitter de lo que había escrito y cómo el macho alfa les decía tranquilos, tranquilos que ya tengo un artículo preparado). Fue descalificado como tienen por costumbre con las feministas, descalificando a su autora (sin conocerme de nada, claro), utilizando el “feminismo” como un insulto (tiene tela la cosa a estas alturas) y manteniendo el infame discurso de defensa de la tradición y el canon como cultura incuestionable (como si ambos se hubiesen hecho de forma neutra y no interesada).

Este año han seguido dando la lata, incapaces de entender que las personas (afortunadamente) somos diversas y tenemos distintas, muy distintas ideologías, pero he decidido no pararme ni medio minuto en el tema (tampoco contesté el año pasado ni a Reverte ni a ninguno de sus palmeros) pero sí dedicar unas cuantas entradas al amor romántico. La primera, ayer, con el estupendo artículo de Coral Herrera: Claves para desmitificar el amor romántico, las princesas y los príncipes azules y hoy, con una reflexión sobre la historia del amor o por decirlo de otra manera, de dónde sale el amor romántico.

El amor es histórico, es decir, está condicionado por las épocas y por las culturas, está especializado por género, lo que quiere decir que tiene normas y mandatos diferentes para las mujeres y para los hombres y además, va de la mano del poder.

Si decimos que es histórico, vamos a ver cómo es esa historia.

Podemos señalar, en la cultura occidental, así, a grandes rasgos, y siguiendo a Marcela Lagarde en uno de esos libros que no se pueden dejar de leer (Para mis socias de la vida. Claves feministas para el poderío y la autonomía de las mujeres, los liderazgos entrañables y las negociaciones en el amor. Cuadernos Inacabados No. 48. Horas y HORAS la editorial. España. 489p), al menos cinco formas del amor, que nos han configurado, formas del amor de otras épocas históricas que, sorprendentemente, perviven en la actualidad y siguen influyendo.

Podemos hablar del amor cristiano, del amor cortés, del amor burgués, del amor victoriano y del amor romántico, como poco.

El amor cristiano separó el cuerpo del espíritu,

En el modelo de amor cortés, básicamente, los hombres debían experimentar grandes pasiones eróticas pero eran pasiones ideales e idealizadas. No se realizaban, solo alimentaban la imaginación. El amor cortés ensalzaba el amor como auténtica base de la relación entre un hombre y una mujer, desvinculando amor y sexo. De hecho, prácticamente, se trataba de amores platónicos.
Las mujeres no tenían nada que decir en esto. La dama adorada era una esposa pero siempre era la esposa de otro, por lo tanto, todo se convertía en un juego arriesgado y peligrosos en el que el papel de la dama consistía básicamente en resistirse a los envites del amado, que hacía tanto hincapié en el cortejo amoroso que el acto sexual en sí quedaba desvalorizado y el galanteo se convertía en un fin en sí mismo.
Está claro que en este contexto, las mujeres carecían de individualidad y era el hombre el que le adjudicaba toda una serie de virtudes. Estos prototipos están presentes en las novelas de caballería medievales.

El amor burgués significó una revolución en las pautas de relación entre mujeres y hombres en Europa en los siglos XIII, XIV y XV. El amor burgués une el amor espiritual y el amor carnal. Cuando aparece el amor burgués ya se admitía que en las relaciones de pareja debía estar presente el amor pero es a partir de esta época cuando empieza a entender que también en el matrimonio debe estar presente el amor. Antes del amor burgués, el matrimonio no estaba ligado ni al amor erótico ni al amor espiritual. Las gentes se casaban sin amarse. Los matrimonios se arreglaban entre las familias por conveniencia social o por intereses de patrimonio, de tierras…

El amor burgués supuso juntar el amor en el sentido de cariño, atención, benevolencia y generosidad, con amor en el sentido de pasión erótica con la convivencia y hacer todo esto funcional a la tarea de procrear. La meta era ser una familia y perdurar en el mundo.

Todo queda articulado por el amor de dos personas, la pareja heterosexual, por supuesto, y la estabilidad familiar depende de esas dos personas que deberán amarse toda la vida siendo pareja sexual. Éste es el modelo ideal del amor burgués.

Claro, esta nueva concepción del amor trae consigo también una nueva moral sexual.

El amor burgués establece que el amor pasión debe conducir al matrimonio y a la procreación. Esa es la vía legítima y autorizada moralmente para mujeres y para hombres aunque muy pronto los hombres se liberan de este mandato mientras las mujeres quedan obligadas a la monogamia para toda la vida.

Y esta monogamia para las mujeres significó la propiedad de los hombres sobre las mujeres. Es una pauta social solo para las mujeres que durante toda la vida deben permanecer al lado de un solo hombre, su esposo, en algunas sociedades, incluso adoptando su apellido. Según ese nuevo modelo, cada mujer tiene como destino en la vida hallar un dueño. Buscarlo y encontrarlo se convierte en un mandato para la vida de las mujeres. No se trata únicamente de que las mujeres busquen un amor, sino de hacer que ese amor sea su dueño jurídica, afectiva, sexual y económicamente.

Y de hecho, la palabra solterona perduró hasta hace bien poco tiempo como una definición despectiva de una mujer. Durante siglos, las únicas opciones válidas para las mujeres eran el convento o el matrimonio, si a esto se le unen las leyes por las cuales las mujeres tenían prohibido trabajar o incluso en algunos países, aún cuando trabajaran o tuvieran bienes patrimoniales propios, de su familia o de sus herencias, no tenían derecho sobre ese capital puesto que el marido era el único autorizado y reconocido jurídicamente.

Así fue cómo este amor burgués fue construyendo un modelo económico y social para las mujeres haciéndolas dependientes económicamente de los hombres. Las hizo, como dice Marcela Lagarde, pobres, pobres, dependientes sexual, afectiva, económica, jurídica y políticamente de los hombres.

El amor burgués mantienen a las mujeres atrapadas en una relación única, exclusiva y para toda la vida. Es en esta época cuando se inicia la reclusión de las mujeres en la casa. Y así va surgiendo el ideal del ama de casa. No como elección, sino como mandato obligatorio para todas las mujeres puesto que las buenas mujeres son las amas de casa, domésticas, hogareñas. Las demás, las que andan en la calle, las que van y vienen son las malas. Creo que aún perdura, no lo he comprobado, en nuestro diccionario la definición de mujer pública como prostituta.

El amor victoriano toma su nombre en honor de la reina Victoria que reinó en Inglaterra en la transición del siglo XIX al XX, momento cumbre del capitalismo y de la expansión del imperio británico. Durante su reinado, el amor burgués llega a su fin puesto que el amor victoriano representa su extremo.

De hecho, la propia reina fue la que impuso el modelo con su vida. El amor victoriano consagra fundamentalmente la dedicación de las mujeres a la procreación, instaurando como virtud esas maternidad de ocho, diez o quince criaturas.

El amor romántico es el amor pasión que nace como respuesta al victoriano. Se reivindica el amor fuera de las instituciones, de los papeles, del matrimonio. Nace como una reivindicación de la pasión y el amor, por lo tanto, aún hoy se mantiene la tendencia de considerarlo como ejemplo de libertad y de considerar el romanticismo como algo positivo. Sin embargo, lo romántico contiene una clave muy negativa, si es solo una pasión, incluye la tragedia puesto que se acepta que un minuto de goce lo vale todo y no importa qué pase después. La esencia del romanticismo es jugárselo todo, incluso la propia vida, por un instante de amor.

Y además, con el paso del tiempo, el romanticismo prácticamente se convierte en una característica femenina, adjudicada en exclusiva a las mujeres. La mayoría de nosotras hemos crecido con esa idea, con el convencimiento de que el amor tiene que ver con el romanticismo, que nada importa más que ese instante de amor y que amar, por tanto, es sufrir. Asumimos que un componente del amor es el sufrimiento. Y esa forma de pensar hace que muchas mujeres no perciban que ser víctimas ni es una virtud ni es positivo.

Así, desde los inicios del siglo XIX, surge la conexión entre los conceptos de amor romántico, matrimonio y sexualidad que llega hasta nuestros días. Y es a lo largo de las últimas décadas en la cultura occidental cuando esta relación se ha ido estrechando cada vez más, llegando a considerarse que el amor romántico es la razón fundamental para formar una pareja y para mantenerla, para casarse, es decir, que la razón fundamental para formar una pareja y permanecer en ella es estar enamorada/o.

De modo que el amor romántico se hace popular y normativo, el matrimonio aparece como elección personal y el amor romántico y la satisfacción sexual deben lograrse en el matrimonio.

Romeo y Julieta

3 comments for “No me gusta el Tenorio o el amor como construcción

  1. Enicol
    noviembre 2, 2014 at 1:55 pm

    Magnífico artículo. Gracias Nuria por aclarar tanta oscuridad en la que hemos crecido y criado a nuestros hijos. Un abrazo.

  2. Pilar
    noviembre 2, 2014 at 3:41 pm

    Yo, como feminista comparto cada uno de tus postulados; sin embargo como filóloga y profesora de lengua no puedo dejar de admirar el Tenorio como construcción literaria de la misma manera que puedo admirar otras composiciones literarias de ideología “hoy” sexista como manifestación literaria de una determinada época y siempre contextualizándolas.

  3. noviembre 3, 2014 at 6:58 pm

    cuidado.
    la crítica al amor romántico constituir una opción reformista frente a la radical crítica al amor, y su modelo consecuente: la agamia.
    http://www.contraelamor.com/2014/01/agamia.html

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