Hablemos de sexo

Artículo publicado en el número 19 de La Marea (revista mensual en papel)

España registra la tasa de criminalidad más baja desde el año 2003, según el último informe que el Ministerio del Interior publicó a mediados de julio. Las infracciones penales registradas en 2013 descendieron el 4,3% respecto al año anterior y dejan la tasa de criminalidad en el índice más bajo de los últimos 12 años. Frente a estos datos, un pero. Han aumentado los homicidios, los asesinatos y las violaciones. Es decir, aumentó la violencia, en general y la violencia sexual en particular. Esta última creció, según el mismo informe, un 1,4%. Las violaciones son el delito menos denunciado en el mundo, en porcentajes aún más pequeños que la
violencia de género de la que se calcula que el 70% permanece silenciada y por tanto, impune.
Este verano en Magaluf, Palma, se han inventado el “mamading”. Se trata de que las mujeres realicen un concurso en el que deben hacer un numero determinado de felaciones a los hombres presentes en el local en un mínimo de tiempo. La que gane, consigue barra libre durante el tiempo que duren sus vacaciones. Es una fórmula para “atraer clientes”. Es decir, se supone que a los hombres les encanta llegar a un local y que cualquier muchacha les haga una felación. Es la cultura de la prostitución en la que vivimos: la normalización de la idea de que las mujeres se pueden comprar; cualquier mujer y cualquier precio.


Nuestra cultura transmite con claridad que uno no puede vender un riñón por muy arruinado que esté y por mucho que el riñón sea suyo, por ejemplo. Es un mensaje claro, explícito, rotundo, que la mayoría transmitimos con convicción a pesar de la tremenda crisis económica que nos azota, a pesar de que el “mercado” cada vez sea mayor y pretenda convencernos de que todo se compra y se vende. Con la misma seguridad y sin aparente contradicción forma parte de nuestro imaginario que eso no afecta a las mujeres para las que es lícito “venderse” y “ser compradas”, una idea que ni siquiera nos repugna puesto que está acompañada por la ilusión de que la mayoría lo hace libremente y en perfecto derecho de uso de su cuerpo.
La trata de mujeres con fines de explotación sexual continúa aumentando y España está en cabeza en número de puteros de Europa. El domingo 17 de agosto, una muchacha de 20 años denunció una violación en Málaga. Habría sido una violación más si la víctima no hubiese denunciado, pero lo hizo; los violadores fueron detenidos, se hizo público que había una grabación y el alcalde de Málaga, Francisco de la Torre (PP) puso en evidencia su pobreza humana defendiendo la “eficacia policial” que permitió detener a los agresores una hora después del ataque, mientras sostenía que “no se puede poner un policía detrás de cada ciudadano (…) Insisto en que hay más de mil violaciones al año en España; no digo que no tenga importancia, y lo condeno de manera absoluta, pero no vayamos a crear ahora la imagen de que Málaga es un espacio inseguro?”. Lo peor fue que para poner el broche final a sus vergonzosas declaraciones utilizó el mantra habitual: “hay que trabajar en materia de educación para poder llevar a cabo una labor de prevención ante este tipo de delitos”.
Apelar a la educación ya se ha convertido en sinónimo de “este problema no me preocupa, no voy a hacer nada para solucionarlo”. Así, comenzamos un nuevo curso escolar con la formación en economía y la transmisión de los supuestos “valores” del emprendimiento asomándose a las aulas. Mientras, como cantaba hace años El último de la fila, la educación afectivo sexual salta por la ventana. Wert y sus compinches la han echado y hace pellas junto a la coeducación, la ética, la educación para la ciudadanía…

Es hora de hablar de sexo que es igual que hablar de poder. Es hora de reducir las horas y espacios mediáticos sobre la política-espectáculo y comenzar a debatir sobre el modelo de país que queremos y esto no se reduce a qué tipo de organización territorial o a la opción republicana frente a la monárquica. Decidir qué tipo de país queremos construir significa definir y consensuar sobre qué valores queremos que se edifique, unos valores que no podrán estar en nuestra vida pública si no están en las aulas. Luego, que a nadie le sorprenda que tengamos menores violadores que graban sus delitos con el móvil; que las sospechan recaigan sobre las víctimas y los violadores queden impunes, que haya muchachas que opten por suicidarse tras una violación…