Homo economicus

La economía feminista echó por tierra la base de los modelos económicos de la escuela neoclásica: el denominado homo economicus. Éste había sido definido como un individuo racional que, como en las historias de Robinson Crusoe, no tiene niñez ni se hace viejo, no depende de nadie ni se hace responsable más que de sí mismo. El medio no le afecta, participa en la sociedad sin que ésta le influya. Interactúa en un mercado ideal donde los precios son su única forma de comunicación, sin manifestar relaciones emocionales con otras personas. Es decir, la teoría económica se había inventado un modelo imposible. Este homo economicus representa una libertad de actuación que sólo puede existir porque hay alguien que realiza las otras actividades. Pero la economía tradicionalmente ni siquiera vio a ese alguien. La alternativa al homo economicus es pensar de manera más realista: las personas no son hongos que salen de la tierra. Más bien nacen de mujeres, son cuidadas y alimentadas en la niñez, socializadas en la familia y grupos comunitarios y la norma es que todas las personas son interdependientes a lo largo de toda la vida.
Las mujeres, al asumir los dos trabajos viven desplazándose de un espacio a otro, interiorizando la tensión que significa la doble presencia. Los varones, en cambio, con su dedicación única al mercado de trabajo pueden entregarse a esta actividad sin vivir los problemas de combinar tiempos de características tan diferentes. Esa forma masculina de participación, con libre disposición de tiempos y espacios, sólo existe porque los varones han delegado en las mujeres su deber de cuidar.

Otra de las máximas económicas del patriarcado ha sido: “Hay que superar el reino de la necesidad para conquistar el reino de la libertad”. Pero tampoco es cierta. La necesidad no se supera. Las diferentes necesidades son parte de la naturaleza humana y hay que satisfacerlas continuamente. Por tanto, sólo es posible delegarlas, no eliminarlas. La libertad que conquistan los varones es a cuenta de que las mujeres se responsabilicen de atender esas necesidades.

En la actualidad, ocurre lo mismo con las mujeres que adoptan la forma masculina tradicional de participar en la economía de mercado. Sólo pueden hacerlo delegando los cuidados. Normalmente, en otras mujeres más pobres o de más edad. Cuando las tareas domésticas no se comparten, recaen fundamentalmente en mano de obra inmigrante –es tremendamente doloroso escuchar a miles de madres que han tenido que dejar a sus hijos en sus países de origen para venir a Europa a criar a los hijos de otras familias–. También les toca parte de ese trabajo a las abuelas. Mujeres que vuelven a asumir una gran carga de trabajo y que, en muchos casos, se encuentran divididas entre el cuidado de sus propios padres y el de sus nietos y nietas. En su mayoría, son las mujeres que en España, por edad, nunca se llegaron a liberar de las tareas caseras en su juventud.