La más fea

Aunque lo haya incluído en la sección de Blog invitado, en este caso, comparto una “opinión invitada”. Se trata de un artículo de Antonio G. Valdecasas, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), sobre la ciencia o más concretamente, sobre el efecto silenciador que provoca la soberbia (o la falta de argumentos) de algunos científicos. La historia es ejemplificadora del poder discursivo de cierta “ciencia” que impregna después otras disciplinas gracias a su regalada o inmerecida pero autoasignada autoridad.

LA MÁS FEA

Ya me lo decían de pequeño, está feo acusar sin pruebas. Y esto vale en cualquier aspecto de la vida.
Se asume que la ciencia es la disciplina que trasmite el conocimiento más riguroso al que tenemos acceso hoy en día. Para el que está familiarizado con la literatura científica especializada (cualquier especialidad) sabe que los artículos científicos plantean hipótesis, aportan datos empíricos e interpretan esos resultados como refuerzo o rechazo de la hipótesis en juego. Hay muchos ‘condicionales’ en el apartado de ‘Discusión’ de cualquier artículo científico. Son el equivalente al “if” (si) “then” (entonces) de los programadores de software. Pero si el “if” es otro, entonces el “then” puede cambiar sustancialmente. Desafortunadamente, estos “if- then” suelen desaparecer en los artículos de divulgación y en las noticias de prensa.
Divulgación, dicho sea de paso, que puede ser realizada por los mismos científicos o por periodistas especializados. Los primeros gozan de más legitimidad, precisamente la del que conoce de primera mano de lo que habla. Y esa presunta legitimidad es la que puede quedar cuestionada si el comentario de un científico (o de cualquiera) no queda justificada adecuadamente.
En el año 2000, Randy Thornhill y Craig T. Palmer (T&P en adelante) publicaron “Una Historia Natural de la Violación; Bases Biológicas de la Coerción Sexual”, un intento de explicar la violación en términos de la teoría evolutiva darwinista. Un asunto tan sensible no podía por menos que provocar una multitud de intervenciones, algunas a favor y otras en contra.  En 2008 Juan Moreno, profesor de investigación del CSIC publicó “Los retos Actuales del Darwinismo. ¿Una Teoría en Crisis?”,  libro de divulgación sobre la teoría de la evolución. Habiendo trabajado gran parte de su vida profesional en esta disciplina, el autor parecería el más adecuado para hacer una aproximación a este debate asequible al profano,  a la vez que con la autoridad de la Academia.

Moreno recoge el trabajo de T& P con las siguientes palabras: “Cuando Thornhill y Palmer (2000) intentaron explicar, de algún modo, las raíces biológicas de la violación y de los sentimientos de sus víctimas, fueron criticados por el movimiento feminista como si justificaran la violación. En realidad intentaban ofrecer soluciones a un problema tozudo que se resistía a ser remediado por propuestas basadas en la doctrina de la ‘tabla rasa’.  Por si alguien siente curiosidad, diremos que a los pocos meses de publicado el libro de T & P, el famoso feminista (sic) Jerry Coyne publicó una demoledora crítica científica de los supuestos teóricos, datos empíricos e interpretaciones de ese libro.

Coyne, que es profesor de Ecología y Evolución en la Universidad de Chicago, ante afirmaciones como que “la violación es un producto de la herencia evolutiva humana” o que “la selección natural favorece unos ‘genes’ para la violación, donde los sin pareja consiguen descendencia y los emparejados extradescendencia” contrapone que “más del 33% de la violaciones son a niñas y mujeres posmenopáusicas”  o que es “difícil entender el ‘Interés reproductivo’ en la violaciones de grupos o por ejércitos que terminan con la muerte de la víctimas”. Dado que no tiene sentido repetir aquí el análisis exhaustivo de Coyne, remitimos a su artículo al lector interesado. Una versión actualizada de ese trabajo se puede leer en la compilación hecha Cheryl B. Travis en 2003.  ((C. B. Travis (ed.)  2003 Evolution, Gender and Rape. MIT Press))

El Prof. Moreno ha debido estar muy atareado con sus investigaciones, pues su libro, fechado en 2008 no cita ni por activa ni pasiva esta crítica de Coyne, investigador que, por cierto, vino a España en 2011, invitado a dar una conferencia por la misma sociedad científica que ha publicado el libro del Prof. Moreno.
Sin embargo, humano como debe ser, el Prof. Moreno no ha podido evitar dejarse llevar por el camino de sus prejuicios, y convertir en ley (una vez más) aquello que Federico Engels dijo ya hace unos cuantos años, que los naturalistas creyendo que se liberan de la filosofía simplemente por ignorarla o hablar mal de ella, terminan siendo esclavos de sus peores residuos. En su texto  Moreno había caracterizado a “progresistas, feministas y humanistas” como enfrentados a los biólogos que, según esos progresistas, feministas y humanistas, están “justificando conductas moralmente reprobables como naturales y por tanto, buenas”.  Moreno no se molesta en decirnos a qué humanista, feminista o progresista se refiere. Debe asumir que, fuera del ámbito donde él quiere ilustrarnos, somos los lectores los que debemos poner todo lo demás.
Mi interés en traer a cuento esta historia tiene que ver con un aspecto adicional en las afirmaciones sin sustentar de Moreno, que considero importante. Al no especificar ‘progresista, feminista o humanista’ alguna, aplica su juicio a todos por igual. Y desde su atalaya de investigador se permite una descalificación  generalista de un sólo plumazo. Con ello consigue un efecto silenciador, que le ahorra el esfuerzo de discutir críticas o argumentos particulares. Este es un fenómeno conocido como ‘actos del habla’, palabras o frases que no se limitan a trasmitir, sino que actúan, y en este caso callan, ya que no ha lugar a la voz concreta que Moreno designa como feminista, progresista o humanista. Me atrevo a sugerir que, en el caso que estamos tratando, el efecto ‘silenciador’ de las palabras, es especialmente fuerte, cuando el que escribe es un científico. ((Ver R. Langton 2009 Sexual Solipsism . Oxford University Press para un análisis de actos del habla en relación a la pornografía.))

Concluimos. Fea es la costumbre de no citar las fuentes sobre lo que se opina, pero mucho más fea es no dejar hablar a quien se critica.