La política sexual de Kate Millett

Política sexual de Kate Millett fue uno de los libros que más contribuyó intelectualmente al cambio real en la vida de las mujeres y como consecuencia, de toda la sociedad que pretendían las feministas radicales. Cuando se publicó, en 1970, el periódico New York Times comentó: “De lectura sumamente placentera, brillantemente concebido, irresistiblemente persuasivo, da testimonio de un manejo de la historia y de la literatura que deja sin aliento”. Efectivamente, Política sexual, tiene un comienzo arrollador e impactante que es sólo el anuncio de una serie de teorías deslumbrantes tanto por la claridad de sus planteamientos como por la forma en la que están expuestas. De hecho, a pesar de los años transcurridos desde su publicación, Política sexual no ha perdido fuelle y continúa dejando sin aliento en la actualidad.

El libro fue la tesis doctoral de Kate Millett, que leyó en la Universidad de Oxford en 1969. Fue la primera tesis doctoral sobre género que se hizo en el mundo y, cuando se publicó, se convirtió en un best-seller.

Millett había nacido en Minnesota en 1934, en una familia católica de origen irlandés. Al año siguiente de graduarse en Oxford, en 1959, inicia su actividad como escultora, pintora y fotógrafa y se traslada a Tokio donde fue profesora de inglés al tiempo que estudiaba escultura. En Tokio conoció a su marido, Fumio Yosimura, también escultor –con quien estuvo casada veinte años, desde 1965 hasta 1985–, y al que dedicó este libro. Millett regresó a Estados Unidos en 1963 y allí se implicó en el Movimiento de Liberación de la Mujer desde sus comienzos.

La intención de Política sexual era combatir los prejuicios patriarcales arraigados incluso entre la izquierda e impulsar líneas de actuación más radicales y renovadoras . La propia Millett considera que la parte más importante de su libro es el capítulo 2, titulado Teoría de la política sexual. En él afirma que “el sexo es una categoría social impregnada de política”, y añade:

“Un examen objetivo de nuestras costumbres sexuales pone de manifiesto que constituyen, y han constituido en el transcurso de la historia, un claro ejemplo de relación de dominio y subordinación (…) Se ha alcanzado una ingeniosísima forma de “colonización interior”, más resistente que cualquier tipo de segregación. Aun cuando hoy día resulte casi imperceptible, el dominio sexual es tal vez la ideología más profundamente arraigada en nuestra cultura, por cristalizar en ella el concepto más elemental de poder. Ello se debe al carácter patriarcal de nuestra sociedad y de todas las civilizaciones históricas. Recordemos que el ejército, la industria, la tecnología, las universidades, la ciencia, la política y las finanzas –en una palabra, todas las vías del poder, incluida la fuerza coercitiva de la policía–, se encuentran por completo en manos masculinas. Y como la esencia de la política radica en el poder, el impacto de ese privilegio es infalible. Por otra parte, la autoridad que todavía se atribuye a Dios y a sus ministros, así como los valores, la ética, la filosofía y el arte de nuestra cultura –su auténtica civilización, como observó T. S. Eliot–, son también de fabricación masculina. (…) La supremacía masculina, al igual que los demás credos políticos, no radica en la fuerza física, sino en la aceptación de un sistema de valores cuya índole no es biológica. La robustez física no actúa como factor de las relaciones políticas. La civilización siempre ha sabido idear métodos (la técnica, las armas, el saber) capaces de suplir la fuerza física, y ésta ha dejado de desempeñar una función necesaria en el mundo contemporáneo. De hecho, con elevada frecuencia el esfuerzo físico se encuentra vinculado a la clase social, puesto que los individuos pertenecientes a los estratos inferiores realizan las tareas más pesadas, sean o no fornidos”.

Millett no se ahorra críticas a nadie. Explica la situación económica de las mujeres:
“Uno de los instrumentos más eficaces del gobierno patriarcal es el dominio económico que ejerce sobre las mujeres (…) Ya que en las sociedades patriarcales la mujer siempre ha trabajado, realizando con frecuencia las tareas más rutinarias o pesadas, el problema central no gira en torno al trabajo femenino, sino a su retribución económica”.

Y a continuación, escribe sobre el sindicalismo:
“Aunque las reformas (laborales) beneficiaron por igual a los hombres, las mujeres y los niños, los varones fueron los únicos favorecidos por el movimiento sindicalista. Los sindicatos eran, para la mujer asalariada, una necesidad mucho más apremiante que el voto. Sin embargo, el movimiento sindicalista demostró (y sigue demostrando) un interés ínfimo por ella. Por ello, las mujeres representaban una mano de obra desorganizada y escandalosamente barata, a la que se podía explotar con mayor facilidad que a los hombres, y despedir, dejar en paro o denegar trabajo siempre que resultase conveniente. La situación no ha cambiado mucho desde entonces”.

También cuestiona Millett, paso a paso, las teorías freudianas e inaugura la irreverencia sistemática a los “dioses” del conocimiento. Antes que ella, lo habían hecho otras feministas como Wollstonecraft con Rousseau, por ejemplo, pero Millett no deja títere con cabeza. Ella es la primera que lleva las relaciones de poder entre hombres y mujeres a una tesis doctoral, pero además, es tremendamente impertinente y pone nombre a las grandes mentiras o a las grandes exclusiones que todavía hoy, los niños y las niñas estudian en el colegio, son las “falacias viriles”, que dice Millett. Amparo Moreno lo explica como experiencia personal en su introducción a la edición española de Política sexual:

“Obligado es que reconozca mi deuda con Kate Millett en la reducción de esa inseguridad femenina que nos invade en la medida en que nos adentramos en un sistema escolar construido históricamente para ensalzar el predominio viril a base de menospreciar a las mujeres, por tanto, en una actitud irreverente hacia los padres del saber académico (…) Probablemente, los primeros y decisivos pasos en la crítica al orden androcéntrico (…) se lo debo a sus reflexiones sobre las falacias viriles”.