La voz ignorada. Ana Orantes y el fin de la impunidad

LA VOZ IGNORADA C La voz ignorada es un homenaje a Ana Orantes, una mujer valiente cuyo asesinato cambió para siempre la percepción de la violencia de género en España. Comienza con una introducción:

Siempre quiso escribir un libro

Se plantó delante de las cámaras y lo contó todo. Al menos, lo fundamental. Aquel 4 de diciembre de 1997, nadie pudo intuir la importancia que apenas trece días después tendría esa entrevista. Ana Orantes contestó todas las preguntas que le hizo Irma Soriano en el programa De tarde en tarde de Canal Sur. Lo hizo muy seria, con firmeza, repetía las frases dos y tres veces, como subrayándolas, como queriendo que se la entendiera bien o, quizá, como él se las había dicho una y otra vez, una y otra vez, día tras día, año tras año. «Yo no podía respirar, yo no podía hablar, porque yo no sabía hablar, porque yo era una analfabeta, porque yo era un bulto, porque yo no valía un duro. Así ha sido cuarenta años. Yo lo creía, lo creía, lo creía, porque yo tenía once hijos, no tenía dónde irme, no tenía dónde irme…» Lo hizo con dignidad, sin una lágrima, sin una duda, sin un titubeo. Lo hizo con valentía, con mucha valentía. Era su historia de vida, o su historia de muerte. Era su relato de cuarenta años sufriendo maltrato, abuso, desprecio. Eran sus turbios recuerdos.

Ana Orantes lo relató delante de las cámaras pero tuvo que morir para contarlo. Aquella media hora de televisión incomodó a
quienes la estaban escuchando. Su hija Raquel lloraba sentada entre el público; la presentadora se tocaba la cara inquieta; las mujeres que estaban a su lado se removían turbadas en sus asientos… Sin embargo, nadie le echó mucha cuenta. Nadie la protegió.
Nadie vigiló a su ex marido.

Ana Orantes rompió el pacto de silencio. Su relato resultaba embarazoso. Era una superviviente de una realidad que se vivía
detrás de las puertas de muchas casas en todo el país. Allí sentada, elegante, con su traje de chaqueta, bien peinada, con la espalda
recta y las manos en el regazo, con la mirada triste y la voz clara, suave y firme a un tiempo, con el rostro sereno de la tarea cumplida, con una verdad tan dolorosa y tan cierta, tan real, era una pero era muchas, demasiadas. Era la voz que no se quería oír. Era la voz que avergonzaba a una sociedad que no quería saber. Ese pacto de silencio forjado sobre el miedo de ellas, la violencia de ellos y la indiferencia de la mayoría, había conseguido normalizar la tortura cotidiana que soportaban miles de mujeres. La violencia en las relaciones de pareja se había vuelto invisible. «A las mujeres no nos veían ni muertas», que dice Teresa Meana, refiriéndose a la indiferencia con la que históricamente se han manejado los malos tratos a las mujeres. Con su presencia y su voz, Ana Orantes resquebrajó ese pacto de silencio.

Le costó la vida.

A los trece días, el 17 de diciembre, Ana fue asesinada. Nadie le había echado mucha cuenta… salvo él. El hombre que la había
torturado durante cuarenta años no toleró su rebeldía. La roció con gasolina y la quemó a la puerta de casa. Y, paradójicamente,
esa hoguera de odio y de injusticia se transformó en un incendio que recorrió el país. Protestas, movilizaciones y denuncias se
fueron sucediendo. Fue un incendio que consiguió incluso sacudir de su letargo a los medios de comunicación, cómplices
hasta entonces del silencio y del desdén hacia la violencia contra las mujeres. Por primera vez, toda la sociedad se sintió interpelada
por un asesinato tan bárbaro como injusto, tan real como simbólico.

Ocurre a menudo. Cuando hay situaciones intolerables, insoportables, por mucho que hayan estado dormidas durante años,
incluso siglos, basta con una chispa para que estallen. En este caso ya no fue «una muerta más», como titulaban hasta
entonces los periódicos. Ana Orantes había sido asesinada para acallar su voz, para borrar su recuerdo, para tapar las grietas que
había provocado en el pacto de silencio que vuelve impunes los crímenes y convierte en buenos hombres y buenos padres a los
maltratadores.

Su asesinato conmocionó a la opinión pública y provocó una revolución legislativa que comenzó con la reforma del Código Penal
y culminó con la aprobación por unanimidad, en diciembre de 2004, de la Ley Integral contra la Violencia de Género. Justo un
mes antes de aprobarse la ley, José Parejo, el ex marido de Ana Orantes, fallecía de un infarto en la prisión de Albolote, donde
cumplía diecisiete años de condena por asesinato.

Ana Orantes tuvo once hijos, de los que fallecieron tres. Los ocho restantes sufrieron la violencia desde la infancia, la mayoría
abandonaron el hogar siendo muy jóvenes, se rompieron por dentro con el asesinato de su madre, se fortalecieron para soportar el juicio contra su padre, aguantaron la presión mediática, asistieron a manifestaciones, concentraciones y homenajes,
hicieron de altavoces de la justicia… Ahora solo desean olvidar. No han querido participar en este libro porque quieren, necesitan,
rehacer sus vidas. Sienten una deuda de felicidad con su madre. Creen que es el mejor homenaje que pueden hacerle, ser felices
como a ella le hubiese gustado verles y como ella nunca consiguió serlo.

Sin embargo, este libro nace del deseo de no olvidar. Del deseo de homenajear a una mujer que perdió su vida por la verdad
y que, gracias a su valentía, consiguió sacudir la conciencia de un país, modificar sus leyes, romper el silencio e introducir en
el debate público y la agenda política lo que hasta entonces era una cuestión circunscrita al ámbito privado.
Ahora, quince años después, estamos en riesgo de perder la memoria. La violencia de género no ha desaparecido. Todo lo
contrario. Es un fenómeno imparable, en plena expansión en todo el mundo. A pesar de las cifras, a pesar de los datos, a pesar
de las modificaciones legales, a pesar de todo el trabajo realizado, se detecta una gran fatiga social para enfrentarse a ella. En
España, los asesinatos se mantienen, las denuncias y condenas disminuyen, y aumentan los sobreseimientos y el número de
órdenes de protección rechazadas.

Conocida es la respuesta que dio Hannah Arendt ante un grupo de periodistas cuando llegó a su exilio norteamericano. Uno de
ellos, probablemente buscando un titular en el que apareciera el nombre de Adolf Hitler, le preguntó: «¿Quién es para usted el
mayor asesino del siglo XX?». Ella, sin dudarlo, contestó: «El páter familias».
El mismo que en el siglo XXI. Hace años lo publicó la revista The Economist: «Cada entre dos y cuatro años, el mundo aparta
la vista de un recuento de víctimas equiparable al Holocausto de Hitler».

Me lo contó su hija Raquel: Ana Orantes siempre quiso escribir un libro. Quería advertir a otras mujeres, quería levantar la
voz para que no aguantasen como ella, cuarenta años…, toda una vida. Ana se casó con diecinueve años, soportó cuarenta de
tortura y falleció con sesenta. No tuvo tiempo a escribirlo en un libro, solo a aparecer en un programa de televisión.

Sirvan estas líneas como homenaje.

 

 

6 comments for “La voz ignorada. Ana Orantes y el fin de la impunidad

  1. Blancodel
    diciembre 19, 2012 at 9:11 am

    La violencia no empieza en el asesino, no empieza en el entorno del violador o del machista, la violencia empieza en la cuna. Cuando a la niña se le educa para el papel de “Pretty Woman”, dependiente emocional que necesita de un dominador. Me hace gracia ver, como incluso en los casos de gente que arremete contra el maltrato, se dan casos de subyugación a otros. Para mi no existe la violencia de género…existe la violencia y punto.

    La violencia empieza en los anuncios, en los dibujos animados, en la ropita para bebe, en las frases sin importancia, en los comentarios jocosos, en los realitys show, en las revistas de moda, en la prensa seria, en las radio-formulas, en el parlamento…y lo que es peor…en nosotros mismos.

    ¿Que la mujer es víctima de la violencia?…si, pero no mas que los demás, la única diferencia es que en este caso se ha clasificado ese tipo de violencia y se hace recuento de los cadáveres. Pero la violencia de “género” no es hermética, no está envasada al vacío, permaneciendo independiente de otras. Tanto el maltratado como la maltratada son víctimas, víctimas de un sistema que aboga por la dominación, por la falta de amor propio, ausencia de autoestima, carencia de amor. Y con esto no trato de justificar al maltratador, pero si trato de que el mundo vea, que la violencia es algo que lo envuelve todo, multidireccional…no relegado a un solo punto.

    Quizás esta clasificación, sea una de las mayores farsas políticamente correctas de la actualidad. Etiquetando una violencia, encerrándola en un coto muy determinado, la sociedad ha conseguido mirar hacia otro lado sin sentir vergüenza de si misma. la “culpa”, el “malo”, es el maltratador, poco importa que esa persona haya llegado a ser como es por todas las señales sutiles que nos envuelven, “él…y solo él” es el culpable.

    Que luego sus padres lo tuvieran desatendido mientras iban de bar en bar, o que los profesores no prestasen atención a las primeras señales de violencia, que oyera chistes llenos de violencia en las reuniones familiares, que viera programas en las que las mujeres son muñecas…luego eso, no tiene importancia, la culpa es de “él…y solo él”.

    ¿De que sirve concienciar a la mujer maltratada e incluso al maltratador, cuando a nuestro alrededor, se sucede un incesante bombardeo de violencia?.

    ¿Para que gastar recursos en la violencia de género, mientras nuestros adolescentes carecen de una “educación” conforme a lo ético y humano?

    ¿Para que exigir en el maltrato de género psicólogos y trabajadores sociales titulados y con experiencia, mientras para ser padres no te hacen ni un mínimo test psicológico?

    En resumen…que ningún cambio surtirá efecto mientras no ataquemos la raíz del problema a nivel global, la naturaleza humana y una sociedad que potencia lo peor de esta.

    Y no sigo, porque podría escribir otro libro yo.

    Fdo: Un ser víctima de la violencia…

  2. AleXandra
    diciembre 22, 2012 at 6:36 pm

    Apreciada Nuria, Enhorabuena por su blog, le debemos tanto, las mujeres como conjunto… Por cierto muy buen trabajo ese compendio histórico de la Historia oculta por la Liberación de las Mujeres, tan bien hilvanado, que es su libro “FEMINISMO PARA PRINCIPIANTES”. Gracias también por ese otro que refleja muy bien esa realidad tan dura que muy pocos (y no tan pocas) “osan” mirar de frente… “IBAMOS A SER REINAS”.

    Me he tomado la libertad de compartir este último post del blog de Lorente: “Autopsia”, titulado “El prójimo”. A mi siempre me surge “la misma” cuestión, ¿dónde está la prójima?

    Un Fuerte Abrazo Feminista,

    Alexandra

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