Las sufragistas inglesas o de cómo nace la resistencia pacífica

A las sufragistas inglesas se les acabó la paciencia antes que a las norteamericanas. La primera petición de voto para las mujeres presentada al Parlamento Británico está fechada en agosto de 1832. Tres décadas más tarde, en junio de 1866, Emily Davies y Elizabeth Garret Anderson elevan otra nueva “Ladies Petition” firmada por 1.499 mujeres, que es presentada a la Cámara de los Comunes por los diputados John Stuart Mill y Henry Fawcett. Al ser rechazada, se crea un movimiento permanente: la Sociedad Nacional pro Sufragio de la Mujer, liderada por Lidia Becker. Al año siguiente, 1867, cuando se está debatiendo una segunda reforma de la ley electoral para incrementar el número de varones adultos con derecho al sufragio, el mismo Mill presenta una enmienda para que se sustituya la palabra hombre por persona, lo que daría el voto a aquellas mujeres que cumpliesen los mismos requisitos que se les pedían a los hombres.
Las sufragistas inglesas tuvieron dos grandes aliados: John Stuart Mill y Jacob Brigt. Éste último era un parlamentario que insistente e infatigablemente presentó una y otra vez propuestas en la Cámara Baja para conseguir el derecho político de las mujeres. En 1867 Jacob Brigt aseguró que “si los mítines carecen de efecto, si la expresión precisa y casi universal de la opinión no tiene influencia ni en la Administración ni en el Parlamento, inevitablemente las mujeres buscarán otros sistemas para asegurarse estos derechos que les son constantemente rehusados”.
Brigt no se equivocó. Aunque las sufragistas inglesas aguantaron casi cuarenta años más defendiendo el feminismo por medios legales. Hasta 1903, cuando, cansadas de que no se les hiciera caso, pasaron a la lucha directa. Describe María Salas que la táctica que emplearon fue interrumpir los discursos de los ministros y presentarse en todas las reuniones del partido liberal para plantear sus demandas. La policía las expulsaba de los actos y les imponía multas que ellas no pagaban, así que iban a la cárcel. Allí, eran consideradas presas comunes y no políticas como ellas reivindicaban.

Aún en la cárcel, no desistieron. Iniciaron una huelga de hambre en prisión. Gladstone, el primer ministro en aquel momento, ordenó que las alimentaran a la fuerza. Comenzó entonces una espiral de violencia entre las feministas y la policía inglesa. En julio de 1902, Lady Pankhurst, presidenta de la National Union of Women Suffrage, fue condenada a tres años de trabajos forzados, pero las sufragistas lograron su evasión de la cárcel.
El presidente Wilson la invitó a Estados Unidos. Se había convertido en una figura casi legendaria, aunque no se libró de volver a prisión en cuanto regresó a Inglaterra. En esos años, las sufragistas también comenzaron a realizar una serie de actos violentos contra diversos edificios públicos, aunque nunca realizaron ningún atentado personal, ni nadie resultó herido de sus protestas. La única pérdida se registró en sus propias filas, con la muerte de Emily W. Davidson en el hipódromo de Epson. El funeral de Emily W. Davidson fue un grandioso acto feminista, según relatan las historiadoras. Describe María Salas, que entre las decenas de carrozas que seguían el féretro de la joven desfiló una vacía con las cortinas bajadas. Era la de Lady Pankhurst que no pudo acudir porque de nuevo, estaba arrestada.
Sin embargo, ni siquiera el sacrificio de la joven Davidson fue suficiente ni puso fin a la lucha. Tuvo que estallar la Primera Guerra Mundial. El Rey Jorge V amnistió a todas las sufragistas y encargó a Lady Pankhurst el reclutamiento y la organización de las mujeres para sustituir a los hombres que debían alistarse. “Un buen ejemplo del pragmatismo inglés”, señala Salas.
Por fin, el 28 de mayo de 1917 fue aprobada la ley de sufragio femenino por 364 votos a favor y 22 en contra, casi como contraprestación a los servicios prestados durante la guerra, ¡después de 2.588 peticiones presentadas en el Parlamento! De todas formas, las inglesas tuvieron que esperar aún otros diez años a que las condiciones para su derecho al voto fueran idénticas a las de los varones ya que en la primera ley se decía que podían votar las mujeres mayores de 30 años. Diez años más tarde, todas las mayores de 21, la misma edad que los varones, podían votar y ser votadas.

De la épica de las sufragistas inglesas dan cuenta los recuerdos de Ida Alexa Ross Wylie quien dejó escrito:

“Ante mi asombro, he visto que las mujeres, a pesar de la falta de entrenamiento y del hecho de que durante siglos no se podía hablar de las piernas de una mujer respetable, podían, en un momento dado, correr más que cualquier policía londinense. (…) Su capacidad para improvisar, para guardar el secreto y ser leales, su iconoclasta desprecio de las clases sociales y del orden establecido, fueron una revelación para todos, pero especialmente para ellas mismas (…)
Durante dos años de locas y a veces peligrosas aventuras, trabajé y luché hombro con hombro con mujeres sensatas, vigorosas, felices, que reían a carcajadas en vez de reírse por lo bajo, que caminaban libremente en vez de contenerse, que podían ayunar más que Gandhi y salir del trance con una sonrisa y una broma. Dormí sobre el duro suelo entre viejas duquesas, robustas cocineras y jóvenes dependientas. A menudo estábamos fatigadas, contusionadas o asustadas. Pero éramos tan felices como nunca lo habíamos sido. Compartíamos con júbilo una vida que nunca habíamos conocido. La mayoría de mis compañeras de lucha eran esposas y madres. Y ocurrieron cosas insólitas en su vida doméstica. Los esposos llegaban a su casa, por la noche, con una nueva ansiedad… Los hijos cambiaron rápidamente su actitud de condescendencia afectuosa hacia la “pobre y querida mamá” por una de admirado asombro. Al disiparse la humareda de amor maternal –ya que la madre estaba demasiado ocupada para poder preocuparse por ellos más que de vez en cuando–, los hijos descubrieron que les era simpática, que “era un gran tipo”. Que tenía agallas…”

El derecho al voto, una estrategia de futuro
Las sufragistas no reivindicaban sólo el derecho al voto, al sufragio universal. Se las conoce por ese nombre porque fue en el voto donde pusieron todo el énfasis. Confiaban en que una vez conseguido éste, sería posible alcanzar la igualdad en un sentido muy amplio. Las feministas de esta época reivindicaron el derecho al libre acceso a los estudios superiores y a todas las profesiones, los derechos civiles, compartir la patria potestad de los hijos, administrar sus propios bienes: denunciaban que sus maridos fueran los administradores de los bienes conyugales, incluso de lo que ganaban ellas con su trabajo. En la práctica, cualquier marido podía “alquilar” a su esposa para un trabajo y cobrarlo y administrarlo él; reivindicaban igual salario para igual trabajo.
Además, bajo el sufragismo se podían unir todas puesto que fuese cual fuese su situación económica, social o sus opiniones políticas, la reivindicación del derecho al voto era común. La conciencia feminista estaba extendida: en cualquier caso, todas estaban excluidas por ser mujeres.
Y es que en el siglo XIX se da una gran paradoja. Por un lado, las mujeres quedan divididas. Con la llegada del capitalismo, las mujeres se incorporan al trabajo industrial dado que eran una mano de obra más barata y menos reivindicativa que los hombres. Sin embargo, en la burguesía –la clase social adinerada del momento y que cada día tenía más poder–, las mujeres se quedaban encerradas en su casa. No se les permitía trabajar y cada día eran más cosificadas. Simplemente simbolizaban el poder de sus maridos. Cuanto más hermosas mejor. Casadas, carecían de derechos; solteras, eran castigadas y rechazadas socialmente. Pero a pesar de esta separación cada vez mayor en distintas clases y por lo tanto con distintos roles, y distintas exigencias, las mujeres comienzan a organizarse. Con el sufragismo, “el feminismo aparece, por primera vez, como un movimiento social de carácter internacional, con una identidad autónoma teórica y organizativa. Además, ocupará un lugar importante en el seno de los otros grandes movimientos sociales, los diferentes socialismos y el anarquismo”.