Lo natural, si acaso, es la rebeldía

Artículo publicado en La Marea el lunes 14 de abril.

Ocurrió en la parroquia de San Jorge, en A Coruña, donde dos maestras gallegas, Marcela García y Elisa Sánchez, vivieron una intensa relación amorosa. Se habían conocido de adolescentes en la escuela y tras una corta separación, tras la sospecha de los padres de Marcela de que algo extraño ocurría, se volvieron a encontrar. Al terminar la carrera, ambas amigas fueron destinadas a aldeas vecinas de Galicia. Elia a Calo; Marcela, a Dumbría, donde ocupó la casa-escuela que el pueblo dejaba a disposición de su maestra.

Durante dos años, cada noche, Elisa recorría a pie los doce kilómetros que separan las aldeas para dormir con Marcela. Cansadas de la clandestinidad, Elisa se convirtió en Mario. Masculinizó su aspecto, vistió pantalones y se inventó un pasado: infancia en Londres, padre ateo que no quiso bautizarlo de niño… Consiguió convencer al padre Cortiella, párroco de San Jorge, para que lo bautizase y le diese la primera comunión y, convertida ya en Mario, el 8 de junio de 1901, a las siete y media de la mañana, se celebró la boda.

La primera noche como marido y mujer la pasaron en la pensión de Corcubión. Fue La Voz de Galicia quien publicó el engaño, lo que hizo que el matrimonio tuviera que marcharse del pueblo primero y del país después, tras haber sido dictada una orden de busca y captura contra ellas. Nadie sabe cómo terminó su viaje –en Oporto embarcaron rumbo a América– y allí, en ese barco, se les pierde la pista, pero en la historia queda la valentía de dos mujeres que se enfrentaron a todas las normas que las obligaban a vivir como no eran ni querían.

Y es que cuando comienza el siglo XX y prácticamente hasta que Clara Campoamor, casi en solitario, hace del derecho al voto femenino un derecho irrenunciable, en España sólo existía un modelo femenino aceptado socialmente. Se consideraba que la mujer era inferior y por tanto, estaba justificada su permanente tutela por un varón. Primero el padre, luego, el marido. Lo adecuado era estar casada y ser madre, el único objetivo vital.

La historia de Marcela y Elisa es un buen ejemplo de la rebeldía con la que las mujeres se han saltado la barbarie legal y social que históricamente se les ha impuesto pretendiendo que era “lo natural”. Si acaso, “lo natural” es la rebeldía frente a lo ética y vitalmente inaceptable. Es difícil no acordarse ahora, cuando la ofensiva patriarcal es tan potente y quienes representan el poder tradicional están tan envalentonados, incluso fanfarrones, de las mujeres valientes que a lo largo de la historia les han dejado en ridículo. Toma nota, Gallardón