Los indiferentes sistemáticos

Madrid está triste. Pocos rincones recuerdan la ciudad que fue. Imagino que el resto del país, también. Lo pienso todas las mañanas mientras voy en el metro viendo las caras cansadas, ojerosas, las miradas perdidas cargadas de preocupación de la gente que va en el mismo vagón. A veces, creo que solo los músicos que surgen de pronto regalándonos su arte a cambio de unas pocas monedas que de vez en cuando alguien les da, consiguen alegrar un poco estos días tan oscuros. Hoy, cuando nos hemos enterado que hemos batido todos los récords de desempleo –según la EPA, 6.202.700 personas desempleadas, un tasa de paro al 27,16% y la tasa de ocupación cayó un 4,58% en el último año-, que casi dos millones de familias no tienen ningún ingreso, que ha habido cargas policiales en la Universidad, que el Congreso de los Diputados permanece blindado porque el gobierno tiene miedo al pueblo para el que supuestamente trabaja… Hoy he visto, como todos los días, señores mayores rebuscando en la basura, gente vendiendo cualquier cosa en la calle pero además, hoy he visto dos mujeres llorando. Ha sido en dos momentos diferentes del día, en dos lugares distintos, pero las dos lo hacían igual. En silencio pero sin molestarse en disimular, sin retirarse las lágrimas de las mejillas… Esta mañana ni siquiera la música ha sido alivio. En uno de los vagones ha entrado un muchacho joven con su guitarra y se ha puesto a cantar aquello de “¿Qué será de mi vida qué será?, una canción con un montón de años de José Feliciano y de pronto, parecía que todo el mundo se estaba preguntando lo mismo. La tristeza era una pasajera más.

Hoy con todo esto en la retina y en el alma, no he podido evitar acordarme de la gran Rosario Acuña cuando denunciaba a los “indiferentes sistemáticos”:

“Los indiferentes sistemáticos que al suave calor de sus hogares, repletos de las inutilidades que acarrea el ocio, tienen siempre dispuesto su caudal para huir como bandada de espantadizos grajos, en cuanto el más leve ruido les anuncia que puede perturbarse su digestión (…) Oyeron los lamentos del hambre y se encerraron para comer; les pidieron justicia, y… educaron a sus hijos lejos de la patria que los necesitaba”.
“Los profanadores de las grandes ideas que fingen un entusiasmo incapaz de albergarse en su frío corazón, y agitando la tea de la discordia, husmean como chacales el oro de los palacios, las joyas de la industria, las maravillas del arte, con el solo interés de poseerlo todo”.