Marisa, la abuela viajera

Me gustaría felicitar la Navidad pero soy atea. Me gustaría desearos Felices Fiestas pero la mayoría no estamos para muchas fiestas, más bien tenemos demasiada indignación tras ver cómo un puñado de hombres y mujeres sin vergüenza ni ética ni honor están destruyendo una cultura y una forma de vida por la que muchas generaciones se habían dejado la piel.

Así que he pensado que lo mejor sería compartir el regalo de Navidad de Hotel Papel, un precioso cuento breve escrito por Luisa Antolín porque hoy, más que nunca, necesitamos valores y amistad.

 

Marisa, la abuela viajera

Luisa Antolín
La mía no es una abuela como la que todavía pintan en muchos cuentos: de pelo blanco, moño y gafas redondas, que hace deliciosos pasteles para la merienda. Mi abuela tiene una abundante mata de pelo rizado, castaño con un brillo pelirrojo, viste pantalón vaquero y cada vez que se ríe – que es muy a menudo -, le sale un hoyito en la mejilla que le hace parecer una niña traviesa.
Que yo recuerde, son muy pocas las veces que me ha ido a buscar al cole, tampoco me ha sacado mucho a pasear al parque, ni me ha tejido nunca un jersey de lana. Pero en cambio, me invita al aperitivo con sus amigas, se sabe los nombres de mis personajes preferidos de los dibujos animados y a veces me deja dormir en su cama. Eso me encanta, porque me salva de la oscuridad, que todavía me asusta un poco, y me quedo frito enseguida, con la luz de la mesilla y el arrullo de fondo de una película en inglés, que a mi abuela le gusta ver por la noche.
Pero lo que más le gusta a mi abuela es viajar. Siempre lo ha hecho, cuando ha podido y ahora, desde que se jubiló y tiene todo el tiempo del mundo, no para en casa. Las últimas Navidades estuvo en Jordania y amaneció el primer día del año en el desierto viendo salir el sol entre las dunas.


Otra vez se coló por equivocación en un rally que cruzaba todo Marruecos, pero se bajó a medio camino porque no soportaba la chulería del conductor del coche todo-terreno en el que viajaba, que arrasaba con pueblos y paisaje.
— “¡Hasta aquí hemos llegado!”- les dijo a todos y se bajó del Jeep dando un portazo. Sin dudarlo un segundo, se montó en un camello y puso rumbo al aeropuerto.
Cuando estuvo en Rusia, se quedó dormida en la estación de metro de Moscú y casi se la llevan al hospital por síntomas de congelación. Y es que mi abuela es capaz de dormirse en cualquier sitio si toca la hora de la siesta. Mientras sus amigas consultaban el mapa, ella se acurrucó en el pasillo, a echar una cabezadita. La despertó una mujer rusa, con cara de luna y mejillas sonrosadas dándole un par de tortas y hablándole enfadada sin que mi abuela pudiera entender una palabra.
Menos mal, que sus amigas se dieron cuenta a tiempo y evitaron que la discusión fuera a más y que la rusa se la llevara por la fuerza en una ambulancia, que ya estaba aparcada a la salida del metro.
Para sus viajes, tiene una maleta de color marrón clarito, con una cinta verde y roja en las esquinas, que es lo bastante pequeña, para poder montarla con ella en el avión y que no se le pierda en el camino. Siempre lleva unas buenas botas de caminar, un anorak verde abrigado y elegante, y un gorrito negro de lana, tipo casquette, con un lazo a un lado, de París años veinte, que se pone cuando visita un país donde hace frío. En los climas cálidos, se protege del sol liándose a la cabeza un fular color violeta que compró en un mercadillo.
A mi abuela le gusta imaginar los lugares antes de visitarlos y tiene guías de casi todos los países a los que ha viajado. A veces me gusta mirarlas, suelen ser libros gastados, con huellas de cada viaje entre sus páginas: palabras subrayadas, alguna mancha de café o de zumo de naranja, restos de viento y arena, y una colección de hojas secas de las especies más extrañas.
De cada viaje trae miles de fotos, que va descargando en su ordenador. Yo la he intentado convencer para que haga copias en papel y las ordene en álbumes de colores. Pero ella me dice que ya lo hará luego, que ya tendrá tiempo, cuándo su cuerpo no le dé de sí para seguir viajando y tenga que quedarse en casa.
Me ha prometido que cuando sea un poco más mayor me llevará con ella a dar la vuelta el mundo. A mí y a todos sus nietos: mi hermana Candela y mis primos, Luisa y Marcos. Ya lo tenemos todo planeado. Empezaremos el viaje montados en un globo con los colores del arco iris y nos dejaremos llevar de la mano de las nubes.