Mi cuerpo es mío (una vez más)

“Yo pertenezco a la generación del ‘ahí abajo’”, asegura Gloria Steinem en el prólogo a la edición española del libro Monólogos de la vagina de Eve Ensler. Así era como las mujeres de su familia se referían, siempre en voz baja, a todos los genitales femeninos, ya fuesen internos o externos. No es que desconociesen la existencia de vagina, labios, vulva o clítoris, simplemente, no se usaban. Y añade Steinem: “Por ejemplo, ni una sola vez oí la palabra clítoris. Transcurrirían años hasta que aprendí que las mujeres poseíamos el único órgano en el cuerpo humano cuya función exclusiva era sentir placer (Si semejante órgano fuese privativo del cuerpo masculino, ¿pueden imaginarse lo mucho que oiríamos hablar de él… y las cosas que se justificarían con ello? )” .
En efecto, la sexualidad de las mujeres nos ha sido arrebatada históricamente. La negación de una sexualidad y un deseo propios y de libertad para disfrutarlos permanece aún hoy en buena parte del mundo. El patriarcado se ha volcado para controlar la sexualidad femenina, todos los métodos han sido pocos. Desde las imposiciones religiosas y morales, los códigos de conducta, la estigmatización en nombre del honor y la honra hasta la violencia y la represión brutal y mortal, pasando por la utilización del sistema legal y el control de la ciencia…
“Te digo una cosa, tengo 67 años y tres hijos, pero soy virgen”, son las sabias palabras de Isabel para explicar toda una vida sin disfrutar de un orgasmo. La experiencia de Isabel es la de muchas mujeres que nunca han sido dueñas y beneficiarias de su propia sexualidad. El goce y el placer son atributos positivos del erotismo masculino mientras que en las mujeres son atributos negativos. La sexualidad masculina está íntimamente relacionada con el poder y una de las características fundamentales del poder masculino es el control de la sexualidad femenina, por todos los medios: físicos, psicológicos, legales, sociales, religiosos, culturales y verbales.
Fueron las feministas radicales de los años 70 quienes comenzaron el proceso de reapropiación del cuerpo femenino para las mujeres. Por eso Gloria Steinem cuenta que cuando fue por primera vez a ver cómo Eve Ensler interpretaba sus monólogos, unos relatos basados en más de 200 entrevistas con mujeres, pensó: “Esto ya lo conozco: es el viaje de contar la verdad que (las mujeres) llevamos haciendo desde hace tres décadas”. Algunas consignas de las manifestaciones feministas que aún hoy se corean son tan sencillas como explícitas: “Mi cuerpo es mío”. Es insólito tener que reivindicar algo tan obvio como que el cuerpo de cada uno y de cada una pertenece a cada cual, pero las mujeres han tenido que pelear y luchar por lo más básico y lo más íntimo. La reconquista aún no ha terminado. La obviedad aún no es respetada en decenas de países del mundo y en aquéllos donde la igualdad legal está reconocida, la consigna aún es repetida para exigir dos derechos que todavía no están conseguidos: acabar con la violencia sexual y manifestar que los procesos reproductivos deben ser decididos y controlados por las mujeres.
La salud reproductiva es un derecho de las mujeres que está en el ámbito de los derechos humanos. Ya en 1994, en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, celebrada en El Cairo, se superaron los conceptos hasta entonces manejados de planificación familiar y anticoncepción como sinónimo de control de la natalidad –en manos de los gobiernos y sus leyes–, para definir la salud reproductiva como el hecho de llevar una vida sexual responsable, satisfactoria y segura, además de la capacidad de reproducirse y decidir, libremente, cuándo, cómo y cuánta descendencia se desea. Aún no es una realidad.
El feminismo siempre ha abogado por la libertad de elección en el ámbito de la reproducción. La elección sólo es posible si existen verdaderas alternativas. Tanto para tener hijos e hijas como para no tenerlos. Así, en muchos se ha tenido que pelear por el derecho de las mujeres a ser madres, enfrentándose a políticas públicas de esterilización masiva o de elevadísimos índices de mortandad maternoinfantil por la escasez de recursos destinados a este fin. Y en todo el mundo, se ha peleado por el derecho de las mujeres a la interrupción voluntaria del embarazo cuando ellas lo decidan. Siguiendo a Victoria Sau, etimológicamente la palabra aborto quiere decir privar de nacer. El aborto puede ser espontáneo o provocado, pero es el segundo el motivo de debate por ser objeto del Derecho y estar tipificado como delito en el Código Penal de muchos países. Desde un punto feminista casi universal –afirma Sau–, el aborto es una agresión al cuerpo y la psique de las mujeres que hay que evitar por todos los medios, pero que, en última instancia, la agrede menos de lo que lo haría la continuación del embarazo cuando ella decide interrumpirlo. “El aborto provocado, desde que existe patriarcado, ha estado y está controlado por los hombres. Estar bajo control no significa que forzosamente tuviera que constituir delito y castigarse como tal. Significa, ante todo, que el hombre se ha reservado el derecho de intervenir legalmente en el aborto, sea para decir que no constituía delito, que sí constituía delito o para cambiar de una posición a otra. Ni siquiera la palabra aborto responde a la realidad de un modo total, por lo que las feministas van utilizando cada vez más una expresión más acertada: interrupción voluntaria del embarazo”.

La doble moral se extiende sobre su salud sexual y reproductiva como una mancha pegajosa que no hay manera de quitar. Lo “obvio” aún es un sueño.