Olimpia de Gouges

Marie-Olympe-de-Gouges

Marie Gouze, conocida como Olympe de Gouges.

Olimpia sin duda, no encajaba en su época. Según Oliva Blanco, tenía todo a favor para escandalizar a la opinión pública de su tiempo. Y fue castigada. A una mujer que tiene más de cuatro mil páginas de escritos revolucionarios que abarcan obras de teatro, panfletos, libelos, novelas autobiográficas, textos filosóficos, satíricos, utópicos… se le acusó de que no sabía leer ni escribir.

Olimpia enviudó siendo muy joven, circunstancia que parece no sintió mucho ya que se refería al matrimonio como “la tumba del amor y de la confianza”. Fue apasionada defensora del divorcio y la unión libre anticipándose así a las saint-simonianas en más de cincuenta años y ciento cincuenta años antes de que Simone de Beauvoir planteara una postura similar.

Tras la muerte de su esposo renuncia al apellido de su marido, se hace llamar Olimpia de Gouges y se traslada a París. Tenía 22 años y era inteligente, indomable, bella, experta a menudo en provocar al sexo masculino y apasionada en la defensa de los asuntos más comprometidos: “Desde la prisión por deudas hasta la esclavitud de los negros pasando por los derechos femeninos (divorcio, maternidad, la masiva entrada forzada en la religión de muchas mujeres) Nada queda fuera de su interés y alzará la voz en defensa de los oprimidos con empecinamiento y generosidad” . Olimpia de Gouges publicó en 1791, la réplica feminista: la “Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana”,  que constituyó una de las formulaciones políticas más claras en defensa de ese derecho a la ciudadanía femenina.

Todo ello no le abrió las puertas de la Asamblea de París ni siquiera las de la Comedia Francesa, donde peleó con todas sus fuerzas para que sus obras de teatro fueran representadas sin conseguirlo.

Eso sí, numerosos libros se hicieron eco tanto de su belleza como de las dudas sobre su “virtud”. Lo que le hizo aparecer tanto en el “Homenaje a las mujeres más bonitas y virtuosas de París” como tratada como una prostituta en el “Pequeño Diccionario de los Grandes Hombres” o en la “Lista de prostitutas de París”.

Cuando Olimpia se decidió a escribir, recibió una carta de su padre que merece ser reproducida parcialmente:

“No esperéis, señora, que me muestre de acuerdo con vos sobre este punto. Si las personas de vuestro sexo pretenden convertirse en razonables y profundas en sus obras, ¿en qué nos convertiríamos nosotros los hombres, hoy en día tan ligeros y superficiales? Adiós a la superioridad de la que nos sentimos tan orgullosos. Las mujeres dictarían las leyes. Esta revolución sería peligrosa. Así pues, deseo que las Damas no se pongan el birrete de Doctor y que conserven su frivolidad hasta en los escritos. En tanto que carezcan de sentido común serán adorables. Las mujeres sabias de Moliere son modelos ridículos. Las que siguen sus pasos, son el azote de la sociedad. Las mujeres pueden escribir, pero conviene para la felicidad del mundo que no tengan pretensiones”.

Parece que los temores del padre de Olimpia de Gouges eran idénticos a los que tenían la mayoría de los revolucionarios franceses. Pero nada amilanaba a las francesas. Como destaca Mary Nash, las mujeres participaron en el proceso revolucionario de forma muy activa. La marcha sobre Versalles que realizaron alrededor de 6.000 parisinas el 5 y el 6 de octubre de 1789 en busca del rey y de la reina fue un detonante revolucionario. Las mujeres consiguieron el traslado de ambos a París. Poco después, se presentó una petición de las damas dirigida a la Asamblea Nacional que denunciaba la “aristocracia masculina” y en ella se proponía la abolición de los privilegios del sexo masculino, tal cuál se estaba haciendo con los privilegios de los nobles sobre el pueblo. Entre 1789 y 1793 quedaron censados cincuenta y seis clubes republicanos femeninos activos en la emisión de peticiones y con expresión pública de una voz en femenino que reclamaba la presencia de las mujeres en la vida política.  .

Tampoco todos los ilustrados fueron incoherentes. En 1790, Condorcet publica “Sobre la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía”. Este autor, que fue diputado de la Asamblea legislativa y de la Convención, no tenía dudas:

Los principios democráticos significaban que los derechos políticos eran para todas las personas. Además de sus sólidas argumentaciones  políticas, Condorcet también llegó a ironizar burlándose de los prejuicios y estereotipos que manejaban sus contemporáneos: “¿Por qué unos seres expuestos a embarazos y a indisposiciones pasajeras no podrían ejercer derechos de los que nunca se pensó privar a la gente que tiene gota todos los inviernos o que se resfría fácilmente?”

A pesar de todo ello, la Constitución de 1791, cuyo preámbulo era la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, afirmaba la distinción entre dos categorías de ciudadanos: activos, –varones mayores de 25 años independientes y con propiedades–, y pasivos –hombres sin propiedades y todas las mujeres, sin excepción–.

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