Violencia simbólica

Una vez más, en Facebook. Lo denuncia Itzel Eguiluz. Cuando me envió el enlace, la “gracieta” tenía casi 1.500 me gusta. (La captura de pantalla está al final de este post)

La violencia simbólica no es “otro tipo de violencia” como la física, psicológica o económica, sino un continuo de actitudes, gestos, patrones de conducta y creencias, cuya conceptualización permite comprender la existencia de la opresión y subordinación, tanto de género, como de clase o raza. La violencia simbólica son los resortes que sostienen ese maltrato y lo perpetúan y está presente en todas las demás formas de violencia garantizando que sean efectivas.
Cuando hablamos de violencia simbólica nos referimos, como plantea Alda Facio, a la familia patriarcal, la maternidad forzada, la educación androcéntrica, la heterosexualidad obligatoria, las religiones misóginas, la historia robada, el trabajo sexuado, el derecho monosexista, la ciencia ginope, etc… pero fundamentalmente a los gestos, silencios, miradas, signos, mensajes, que hacen posible que esas instituciones existan porque constituyen y designan en mujeres y varones, desde que nacen, la posición social que ocuparán, el rol de género a través del cual ejercerán posiciones de poder o de subordinación.
Se trata de un tipo de violencia difícilmente codificable e inasible que, según señala Rita Segato, es más efectiva cuanto más sutil. Y que, como conceptualiza Pierre Bourdieu, no es posible de aprehender a través de un ejercicio de conciencia.
La violencia simbólica no tiene un soporte específico, como la violencia mediática, ni se manifiesta físicamente, como los golpes o el feminicidio; sin embargo es la “argamasa” , como dice Segato, que sostiene y da sentido a la estructura jerárquica de la sociedad.

Bourdieu describe la violencia simbólica como una “violencia amortiguada, insensible e invisible para su propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento, del reconocimiento o, en último término, del sentimiento” y que se apoya en relaciones de dominación de los varones sobre las mujeres, a lo que el autor llama “la dominación masculina”.

Dice Bourdieu que esta dominación prescinde de justificaciones, se impone como neutra y no precisa de discursos que la legitimen. Es un orden social que funciona como “una inmensa máquina simbólica” apoyada en la división sexual del trabajo, la estructura del espacio y la estructura del tiempo, cada una con ámbitos femeninos y masculinos delimitados: “El mundo social construye el cuerpo como realidad sexuada y como depositario de principios de visión y de división sexuantes (…). La diferencia biológica entre los sexos, es decir entre los cuerpos masculino y femenino y, muy especialmente, la diferencia anatómica entre los órganos sexuales, puede aparecer de ese modo como la justificación natural de la diferencia socialmente establecida entre los sexos, y en especial de la división sexual del trabajo”.
La estructura de dominación que de esta manera se constituye es el resultado de un trabajo continuo, histórico, de reproducción en el que colaboran agentes singulares (los hombres ejerciendo violencia física o psicológica) e instituciones (familia, iglesia, escuela, estado). Se trata de una violencia suave e invisible que se instituye a través de la adhesión que el dominado se siente obligado a conceder al dominador ya que las únicas herramientas de que dispone para pensarse a si mismo son las que comparte con el dominador. Por eso la relación de dominación parece natural (Bourdieu, 2000).
Se trata de una forma de poder que se ejerce directamente sobre los cuerpos (en la forma de emociones, pasiones, sentimientos) y como por arte de magia. Por eso no se la puede anular mediante un esfuerzo de la voluntad, basado en una toma de conciencia liberadora. Para Bourdieu, la ruptura de la relación de complicidad entre víctimas y dominadores sólo puede producirse a través de una transformación radical de las condiciones sociales.
Rita Segato, a su vez, conceptualiza lo que ella llama “violencia moral” como el más eficiente de los mecanismos de control social y de reproducción de las desigualdades y le otorga tres características: diseminación masiva en la sociedad, que es lo que garantiza su naturalización; arraigo en valores religiosos y familiares, que permite su justificación; y falta de definiciones y formas de nombrarla, que dificulta la posibilidad de defenderse y buscar ayuda.
Es “todo aquello que envuelve agresión emocional, aunque no sea consciente ni deliberada” dice la autora y establece una tipología posible de la misma: control económico; control de la sociabilidad; de la movilidad; menosprecio moral; menosprecio estético; menosprecio sexual; descalificación intelectual y descalificación profesional.

Los medios de comunicación son extraordinarios aliados de esta violencia simbólica puesto que refuerzan el proceso de socialización de género reforzando el mismo tipo de valores y paisajes sociales. Los contenidos de las noticias, programas de ficción o de entretenimiento, reproducen aquello que la sociedad espera de mujeres y varones, formas de comportamiento deseadas y valoradas y a la vez condena las rechazadas.

Es decir, es una violencia que convierte en natural lo que es un ejercicio de desigualdad social y, precisamente por ello, es una violencia contra la que se suele oponer poca resistencia.
El feminismo ha recorrido un largo camino hasta llegar a redefinir la violencia contra las mujeres como un problema social y político. La visión patriarcal, tradicional, de este tipo de violencia ha oscilado y oscila entre su consideración como algo “normal” y necesario en el sentido de natural, anclado en la naturaleza diferente de los sexos y en sus relaciones personales, a su consideración como problema patológico en los casos más graves. Como ejemplo, baste recordar que en todos los códigos penales españoles hasta el de 1983, se consideraba un atenuante la relación conyugal en los malos tratos de los hombres a las mujeres.

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