Zaida: la denuncia es un arma envenenada

Artículo publicado en La Marea, en el número de abril de 2015

El acoso sexual se ha considerado, tradicionalmente, algo así como un fenómeno natural, algo propio de la conducta masculina hacia las mujeres en el marco de las relaciones laborales. Lo mismo podríamos decir de la violencia de género en las relaciones de pareja, tanto como que el forense Miguel Lorente llegó a titular uno de sus libros como “Mi marido me pega lo normal”, que acostumbraba oír a las mujeres maltratadas. Así ha sido la violencia de género, incluido el acoso sexual: invisible, normal y habitual, gracias al pacto de silencio forjado sobre el miedo de ellas, la violencia de ellos y la indiferencia de la mayoría.
En los últimos años, gracias a los discursos políticamente correctos, se ha construido lo que llamamos el velo de la igualdad, una pseudo verdad que pretende negar las desigualdades de género y asegura que en la sociedad actual, hombres y mujeres somos iguales.
Un velo que se aparta cuando alguna valiente se atreve a denunciar pero ni así se rompe. Quienes lo hacen, son “sospechosas” y revictimizadas por fuerzas de seguridad, instituciones, juzgados, compañeros de trabajo, incluso amistades y familia. Siempre hay alguien que tiene a mano una minifalda o un novio de más para mirar hacia otro lado. Esa revictimización, devasta psicológicamente y es la razón principal que explica el retraso o el absoluto rechazo de algunas víctimas a denunciar. El temor a la victimización secundaria es determinante en su silencio.
Hasta que llegó el ministro Morenés. El titular de Defensa rompió el velo con su actitud chulesca, su desprecio por la capitana Zaida Cantera, su arrogancia con la diputada Irene Lozano, y su posicionamiento en el bando de los agresores y sus cómplices, en el bando del machismo y la jerarquía más obtusa. Llegó Morenés y puso encima de la mesa todo lo que el sistema pretende disimular. No se contuvo. ¿Quién era esa Zaida para poner en jaque a tanto hombre uniformado? ¿Quién era esa diputada para pedir la dimisión de un ministro del banco azul? Un dedo en la boca reclamando silencio nos dio la clave. Donde esté una buena orden, que se aparte la democracia.
El caso de Zaida es paradigmático, como en su día lo fueron, para desgracia de todas ellas, los de Ana Orantes (quemada hasta la muerte por su marido José Parejo) o el de Nevenka (acosada sexualmente por Ismael Álvarez, ex alcalde de Ponferrada). Los tres responden a un tipo de violencia, la violencia de género, distinta a todas las demás y que tiene sus propios mecanismos: además de destrozar a las víctimas, consigue, en la mayoría de los casos, apoyo para los agresores y desdén hacia las víctimas. No hay medallas ni honores para las víctimas de la violencia de género.
Es la doble victimización. Dice Zaida que “en el Ejército, si te atreves a denunciar a un superior, aunque tengas razón, antes o después acabas perdiendo”. No solo es en el Ejército. Lo terrible es que la denuncia se ha convertido en un arma peligrosa, al menos, en un arma de doble filo para las mujeres. De hecho, las denuncias en violencia de género están en niveles inferiores a 2011 y el acoso y la violencia sexual es el delito que menos se denuncia en todo el mundo.
Yo no quiero más heroínas, mujeres que se dejen la piel –las carreras profesionales, la salud y en ocasiones la vida- por haber sido víctimas de violencia y haberlo denunciado. No quiero más Zaidas. Su caso debería conocerse por el nombre de su agresor, el del teniente coronel José Lezcano-Mújica, y así, por ejemplo, a nadie se le habría despistado en una lista de propuestas al ascenso.
Los trapos sucios no se lavan en casa y si se hace, la colada se seca al sol. Quienes denuncian tienen que estar protegidas en todo momento, lo que está ocurriendo es un simulacro de justicia, un simulacro de democracia.
Por cierto, Lezcano-Mújica alegó en el juicio que Zaida le daba miedo, la misma argumentación que usó este verano el insultante alcalde de Valladolid, Francisco Javier León de la Riva, (candidato una vez más por el PP) cuando dijo que le daba reparo entrar según con quién en un ascensor: “Hay una chica con ganas de buscarte las vueltas, se arranca el sujetador y sale dando gritos de que la han intentado agredir”. ¿Se acuerdan? ¡Qué casualidad!